Mandrake y Los Druidas: un viaje retro al blues rock

La banda nueva de Alberto Wolf es musculosa y sanguínea, aunque no tiene mucha hambre de originalidad

Por Gastón González Napoli (@GastonGonzalezN)

Puntaje: 7.5

Es raro el Mandrake y Los Druidas. Consigue lo que busca: filtrar la idiosincrasia de Alberto Wolf a través del blues rock de fines de los sesenta y el hard rock de principios de la década siguiente. Tiene al menos tres temazos. Sin embargo, por esa misma búsqueda del líder del grupo, que puso en pausa a sus Terapeutas, Mandrake y Los Druidas suena un poco a un álbum de covers. Hay poca cosa nueva para decir musicalmente en el blues, y Los Druidas tampoco lo intentan. Se transmite la sensación de un grupo de músicos que la pasan bomba trabajando en un género que aman, y se los puede imaginar zapando canciones de los Stones, de Clapton, de Hendrix y del primer Sabbath hasta alejarse lo suficiente como para que Mandrake pudiera estamparle su sello personal.

Para aclarar: el disco es una experiencia de lo más entretenida, aun cuando se queda más en baladas pesaditas. Lo que tiene es que mucho de lo positivo surge de la nostalgia por un  par de géneros que hace tiempo han quedado congelados en el ámbar de la melomanía.

Wolf no saca un disco de material nuevo con los Terapeutas desde el brual Monstruo de 2012. La versatilidad del cantautor se nota al recordar que su última edición fue el álbum en vivo Los candombes y ahora se embarca en el blues; aunque quizá la diferencia no sea tanta. Según él, el candombe es el rock del Uruguay, y con Los Druidas lo que hizo fue mirar al norte. Lo ha dicho claramente: en esta entrevista con Pablo Staricco de El País, dice que no tiene ganas de aggiornarse y en cambio se puso a escuchar a Cream, Hendrix, Crazy Horse y el Deep Purple de Glenn Hughes; en esta lista que armó para Montevideo Portal, agrega como influencias a Sabbath, a Elmore James, a Canned Heat, los Strokes y Thin Lizzy. Armó una banda de músicos mucho más jóvenes que él, que incluyen al dúctil Nacho Iturria (ex Placenta, actual de Croupier Funk), al bajista de Buenos Muchachos Ignacio Echeverría y al batero Federico Anastasiadis; en cierta paradoja, en lugar de inyectarle sangre nueva, este trío lo acompaña en su máquina del tiempo a Electric Ladyland.

A veces las influencias aburren, como en “Si no me hubieses conocido nena”, un “boogie asesino”, al decir de Diego Zas, que suena a ZZ Top caídos en un pozo de la que tomaba Obélix, con una armónica mickjaggeriana y un bajo de primer nivel. Pasa que la letra se ata de pies y manos a las peores convenciones del blues rock, a la “nena” y el macho, y como la música no tiene nada que la separe de sus antecesores… En otras ocasiones las letras se sienten también perezosas y pasan de largo sin más, como en “Cerca de cualquier lugar del mundo” o “La caravana”.

Otras veces, por suerte las más, la banda absorbe sus obsesiones y escupe cosas como “El camino de la babosa”, que sí, tiene mucho de Clapton en su formato divinidad, pero hacen propio su blues rock clasicón y le suman un par de giros hard como para despuntar el vicio. La letra teledirigida a un “rebelde pequebú” logra una de las imágenes más descriptivas del disco: “El camino de la babosa/Se parece a tu rastro”.

Algo similar pasa con “Hombre rana”, con música de Edu Aguiar, en la que Wolf saca su mejor gruñido rockero para la historia de un tipo que elige hundirse en el barro; sin obviedades, parece hablar de violencia doméstica: “Y al fin te apropiaste/De todo de ella/De su cuerpo, de su vida/También de su rabia”. El envoltorio de blues pesado, que recuerda por casualidad a lo que Marilyn Manson, con un estilo de producción mucho más prístino, ha venido buscando en sus dos últimos discos, sobre todo el Pale Emperor. Iturria se luce con un solo descarnado heredero directo de Hendrix. La fórmula se repite con igual éxito en “Cómo brilla el sol”.

Y luego está el humor de Wolf. Como en “Comienzos, comienzos”, con esa letra tan nombrada en entrevistas y listas de fin de año, que dice “cómo odio los comienzos” justamente en el disco debut de Los Druidas, y que le tira palos al optimismo desenfrenado. O en “Estos son los días” y versos como “leías la Biblia/Comiendo cucumelos”. Nunca tanto como en “Un techo de estrellas”, que narra un reencuentro romántico a lo Mandrake; es además una canción en la que Los Druidas se sueltan la cadena siguiendo a una flor de batería primigenia de Anastasiadis. Pero la clave es la letra: “No me acordaba/Que estuviera tan buena/Se parece a Joan Baez/Cuando estaba buena”; “Me muestra su cuarto/Y apaga las luces/Tiene un techo de estrellas/Tiene whisky y tiene merca”; “Me habla de Ricardo/De su ex marido/De cómo lo engañaba/De las proezas del cornudo”.

La lástima es que no tiene la trascendencia de canciones de los Terapeutas como “De ellos dos” o “Miriam entró al Hollywood”, y ese es el problema de Mandrake y Los Druidas. Funciona bárbaro, sin dudas debe de ser muy divertido ver a la banda en vivo, como retrata esta crónica de MOOG de la presentación del disco, y está muy bien elegida la producción tirando a sucia de Guillermo Berta. No tiene el alma de los mejores trabajos de Wolf. Provoca muchas ganas de ponerse a escuchar las influencias, el Stormbringer de Purple, el Are You Experienced de Hendrix, el Disraeli Gears de Cream.

Mandrake sí entrega una gran performance vocal, sentida y matizada, y Los Druidas -un excelente nombre de banda que supuestamente vino a Wolf en un sueño- la rompen, especialmente Anastasiadis. Iturria y Echeverría no se quedan atrás, el primero cargado de wah-wahs y distorsión, el segundo firme como una roca. Pero el disco no sería nada sin el humor de las canciones, el diferencial que le impide a Mandrake y Los Druidas quedarse congelado del todo en el ámbar.

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