Mi obra maestra: En contra del genio conflictivo

La comedia protagonizada por Guillermo Francella y Luis Brandoni parece ir por un carril pero luego pega un giro y elige otro más novedoso: meterse con sus propios valores y lugares comunes hasta resquebrajarlos

Por Gastón González Napoli

El tráiler de Mi obra maestra muestra a Guillermo Francella en modo Pepe Argento. Plantea un tono de comedia alocada, de esas que el cine argentino escupe en cadena, para su historia de un pintor viejo verde caído en desgracia y su amigo galerista que trata de darle una mano y ve cómo el otro se auto-boicotea una y otra vez. La trama parece correr por un andarivel ya muy visto, de críticas obvias y sin sustancia al mundo de las artes plásticas (es pretencioso, ¡oh, qué novedad!). Y Luis Brandoni se ve en un personaje estereotípico de genio desprolijo y mala gente, a quien se le tolera cualquier cosa por su genialidad. Un discurso problemático y decadente.

Pero a Mi obra maestra, última realización de Gastón Duprat (co-director de El ciudadano ilustre en 2016), no le calzan ninguna de esas etiquetas. Es una comedia con tintes dramáticos, que balancea un tono sinuoso, difícil de anticipar. Tiene un par de escenas para descostillarse de risa; en el resto de su duración es menos radical y eso le permite giros inesperados y buscar lo entrañable antes que lo hilarante.

Francella toma mucho del personaje que lo hizo famoso (¿interpretó al mismo tipo en cuántas películas, series y sketches distintos?) en ciertos tics, ciertos gestos, ciertos tonos de voz. Pero su Arturo, un galerista de arte que conoció mejores épocas, aunque no ha perdido la sofisticación ni se ha rendido, está muy lejos del chanta porteño típico. Mi obra maestra juega, de hecho, y sutilmente, con los preconceptos que Francella trae en la mochila de su multiverso. Lo que se espera del actor influye en lo que se espera de Arturo, y el guion de Andrés Duprat, hermano de Gastón, esquiva expectativas.

La historia transcurre en el mundillo del arte, sí, y sus peores expresiones las representa un personaje secundario que encarna Andrea Frigerio, otra perla al collar de su relanzamiento como actriz cinematográfica (es lo mejor lejos de a incomprendida Desearás al hombre de tu hermana, por ejemplo). Y ni siquiera ella es blanco de las críticas más transitadas, contra el elitismo y el marketing. Mi obra maestra prefiere preguntarse por qué se respeta más a los artistas muertos, un flanco que tampoco es un gran descubrimiento pero sí le da aire a la trama y peso a sus aspectos dramáticos.

Gracias a eso, el enorme Brandoni puede tomar el lugar común gastado de genio conflictivo, en el que su pintor Renzo Nervi se mantiene durante buena parte de la película, para desarmarlo. Los Duprat casi que literalmente ponen al estereotipo en un estrado y lo someten a juicio. Le hacen ver todas sus falencias a lo Seinfeld; luego de deconstruirlo, toman esa tábula rasa y con ella interpelan y le dan vueltas al propio concepto de arte y al sitio del artista en la sociedad. Para eso se vale también del personaje del español Raúl Arévalo (hombre de extensa filmografía, La isla mínima Los amantes pasajeros por destacar un par; también dirigió la tensa y dura Tarde para la ira), alumno de Renzo Nervi que de entrada con sus rastas parece una crítica simplona al joven bohemio europeo que admira la “sencillez” latinoamericana, pero que resulta bastante más.

Mi obra maestra no está exenta de decisiones cuestionables, como la utilización de una narración en off, pero la manera en que se enfrenta con uno de los peores clichés y lo subvierte lo compensa. Encima sin olvidarse de hacer reír.

Leave a reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *