Morat: Cursilerías auténticas

El grupo colombiano de pop tocó dos noches en el Teatro de Verano y comprobó que el público uruguayo, cuando es femenino y joven, de frío y amargo como el mate no tiene nada

Fotos: Difusión. Crédito: @carlopezphoto

Por Gastón González Napoli

“Bienvenidos al Teatro de Verano”, dijo la locutora.

La gente aulló como si nunca hubieran escuchado el nombre “Ramón Collazo”.

Aunque se conozca poco y nada del repertorio, ir a ver un show de teen pop es de lo más divertido. Es difícil que se viva una experiencia musical trascendental -el género no es muy adepto a la trascendencia-, pero sí se sale empapado de la energía y la alegría libre de ironías de un público que no puede creer lo que está viendo sobre el escenario.

Entonces, Morat.

Los colombianos tocaron lunes y martes en un Teatro de Verano repleto y ensordecedor. Que, a ver, no se descubre nada si se habla de que las adolescentes, y sus madres, y las y los veinteañeros -entre ellas Camila Rajchman, porque Montevideo es un pañuelo- chillan como chanchos en el matadero en este tipo de espectáculos. Conscientes de eso, Morat les exprimió cada cuerda vocal; la definición de eso que los angloparlantes llaman crowd-pleasing y que podría traducirse como encantadores de multitudes. Pasaron, gustosos, por todos los lugares comunes del show en vivo. Y vaya si la gente no estaba copada con que lo hicieran.

Lo complementaron con un repaso efectivo de todos sus hits -tienen un único disco, más adelantos del próximo que la audiencia ya se sabía de memoria-. Dentro de un rubro manufacturado como el del pop latino dulzón, los integrantes de Morat son músicos hábiles. Descartaron cualquier puesta en escena: les bastó con música y luces. Dos por tres pegaron giros rockeros sorprendentes -el bajista se movía como si tocara en The Clash- y probaron distintas formaciones como para mostrar que tampoco encajan del todo en la fórmula clásica. Pasaron por el flamenco en “El embrujo”, metieron algún que otro solo de guitarra e incluso uno de banjo, variaron percusiones y ritmos.

Y sí, para alguien de fuera del palo, acaba siendo risible que en casi todos los temas sean ellos los pobrecitos a los que abandonó su chica. Sin embargo, los Morat parecieron auténticos. Tal vez fuera cómo hablaron con el público de a ratos con cierta timidez, o que Juan Pablo Isaza -el del sombrero característico- quedara sorprendido con que la gente conociera ya los temas nuevos, o que volvieran no una sino dos veces a los bises, visiblemente contentos, encantados de hacer disfrutar a todo el mundo, para completar un show de dos horas de largo y hacer correr de regreso a las chicas que ya se estaban yendo.

Aunque les falta, como a buena parte del pop en español, una conversación sobre machismo. Pero ese es otro tema.

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