Orange Is The New Black tropieza -aunque no se cae- en su sexta temporada

La serie quema todo y arranca en un universo nuevo, la cárcel de máxima seguridad, pero desaprovecha algunas oportunidades y se obsesiona con comentar la actualidad hasta puntos incoherentes

Por Gastón González Napoli

A Jenji Kohan y el equipo creativo de Orange Is The New Black hay que reconocerle que no se conforman con nada. Empezaron siguiendo a una mujer blanca, rubia, clásicamente linda, que caía presa. Una historia típica de sapo de otro pozo que funciona como ventana para un mundo ajeno. De temporada en temporada, la trama de la rubia Piper Chapman se fusionó con las de decenas de mujeres multicolores y diversas, y fue mostrando con mirada humanista y sentido del humor negro cómo la experiencia carcelaria es terrible; aun en sitios que son hoteles cinco estrellas en comparación con los pozos negros sin fondo a los que llamamos cárceles en el hemisferio sur. Para evitar convertirse en un tratado sociológico y mantener viva la tensión, la serie se empeñó en reventar periódicamente sus reglas internas y su status quo. Renovaba el drama, rejuvenecía su crítica social. En su sexta temporada, esa inquietud les pasa factura.

Después de duplicar el número de personajes el cuarto año y de un quinto que transcurrió por entero en un motín de unos pocos días, la sexta propone un borrón y cuenta nueva. Deja atrás la prisión de mínima seguridad de Litchfield y se desplaza a la de máxima, que apenas se había dejado entrever hasta ahora en episodios sueltos. A priori, una decisión acertada. Universo distinto, reglas diferentes, un mito por descubrir. Las protagonistas reconvertidas en sapos de otro pozo.

La ejecución del borrón y cuenta nueva también parece acertada. Se elimina a gran parte de los personajes, enviadas a otras cárceles. Así se filtra, limpia y lima un elenco que había crecido exageradamente, aunque haya que lamentar a Boo, Maritza, “Yoga” Jones, Brook Soso, Janae Watson, las adictas al crack y las supremacistas blancas divertidas. Quedan las principales más alguna secundaria revoloteando (la decisión de mantener a Zirconia es difícil de comprender). Además, se apoya el conflicto en una lavada de cara del arquetipo de Caín y Abel, en la forma de dos hermanas enemistadas a muerte, que siembran división entre las caras conocidas. Y se apunta ya no a criticar al sistema penitenciario sino a la Justicia yanqui y su tendencia al recismo.

Pero los problemas se ven tan pronto como se disipa la polvareda y el status quo empieza a funcionar. Las hermanas, Carol y Barb, resultan caricaturescas, lejos de villanos anteriores de la serie (la comparación obvia es con Vee, de la segunda temporada, y estas salen perdiendo). Otros agregados van de mal construidos, como un guardia tan, tan malo que se llama Hellman, como “hombre del infierno”; a directamente insoportables, como Madison, que se hace llamar Badison (“Malison” según la traducción) y es tan insoportable como su apodo. Los diálogos se recargan de referencias culturales innecesarias y muchas veces incoherentes, ya que se supone que en el universo interno de la serie apenas pasó un año desde que Piper entró en prisión, o sea que todavía es 2014 o a lo sumo 2015. “Fake news”, dice un personaje y dan ganas de tirarle a la pantalla.

Tal vez la mayor pena es que las críticas a la Justicia se realicen de maneras obvias y gastadas -el tema, por suerte, se ha tratado un montón últimamente-. Orange Is The New Black tampoco le da el tiempo bastante a esa trama para que respire y se desarrolle. Al final resulta evidente que quieren mantenerse relevantes a toda costa y comentar sobre cada novedad que les caiga en la falda. Las políticas de inmigración, por ejemplo.

Ojo, no es tan grave. Las actrices siguen siendo clase A. El humor es igual de negro que siempre, si bien más medido y esporádico. El drama es descorazonador. Y el cierre de temporada anticipa un nuevo borrón, quizá el más radical hasta ahora. Si la temporada siete es la final -por ahora no tienen confirmada una octava- este equipo tiene confianza suficiente como para corregir el rumbo. Nada más deben bajar un cambio, respetar sus propias reglas y personajes por lo que son y no por lo que representan, y comprender que tampoco es necesario que tiren abajo a Donald Trump.

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