Outlander: una historia de amor con un poco para todos

A la serie de Starz la transmiten por estos lares Fox y Cablevisión Flow

Por Gastón González Napoli (@GastonGonzalezN)

Cualquier texto sobre Outlander que leas lo va a afirmar: la serie de la cadena Starz tiene el mejor sexo en la televisión. No sé si es cierto porque hoy tele hay muchísima, es inabarcable. Pero sí que sus escenas de sexo son románticas, adultas, sinceras, muy explícitas, y no se sienten gratuitas. Porque si bien Outlander es una serie sobre muchas cosas, que hace malabares con géneros múltiples -el fantástico, el histórico, el bélico, la acción-, en el fondo es una historia de amor. El sexo es parte de eso y lo saben tanto la autora de las novelas en las que se basa la serie, Diana Gabaldon, como el showrunner Ronald D. Moore. Para qué tener tabúes en el 2017.

La trama va de Claire, una enfermera inglesa de los años 40 que estuvo en el frente europeo en la Segunda Guerra Mundial apenas después de casarse, lo que la distanció involuntariamente de su marido Frank Randall. Ambos se toman un tiempo del trabajo para reencontrarse en un viaje por Escocia, en el que Frank, que es profesor de Historia, quiere explorar su árbol genealógico. En los registros hallan que en el siglo XVIII vivió un antepasado suyo de nombre Jonathan Randall, conocido como Black Jack por su violencia y fechorías. Y todo muy lindo y romántico hasta que Claire apoya las manos en un círculo de piedras milenario. Sin quererlo viaja 200 años atrás en el tiempo, cuando los castillos derruidos que había visto por el camino en las Highlands todavía están en pie y llenos de guerreros escoceses, y el paisaje está minado de patrullas inglesas, incluido un soldado despiadado que es idéntico a Frank: nada menos que el famoso Black Jack. De sus garras a Claire la rescata un grupo de escoceses, todos feos y mugrientos salvo un joven pelirrojo y anacrónicamente fornido, Jamie Fraser. Adiviná de quién se enamora Claire. Es él quien la bautiza “sassenach”, gaélico para “outlander”, es decir “forastera”.

Nunca Outlander pierde de vista lo complicado de su romance central. Claire es un personaje muy complejo, no siempre querible aunque casi siempre admirable por su coraje y su fortaleza. No hay trucos baratos con ella, ni pasados trágicos ni secretos negros. Frank y Jamie son los dos bondadosos, rozan la incredulidad sin tropezar en ella por lo vivaces que son los guiones (que pueden ser lentos, pero no aburridos) y porque la serie no los convierte en personajes actuales sino en hombres cada uno de su época con los aspectos que hoy encontramos condenables. Los obstáculos que surgen en el camino de esta historia de amor muchas veces no tienen final feliz y no se sienten como cuando Friends separaba a Ross y a Rachel para estirar la trama; se dan de manera orgánica. O todo lo orgánica que puede ser una serie sobre viajes en el tiempo.

Este componente fantástico crece y decrece según la temporada. De a ratos resulta un poco enredadera, porque tampoco es una serie perfecta; en general está cuidadosamente balanceado, traído lo suficiente a la superficie como para mantenerlo presente y conservado lo bastante al fondo como para que no se transforme en Volver al futuro. Lo mismo sucede con el ángulo histórico. Claire y Jamie (él se basa en un guerrero real de mediados a finales de los 1700) se involucran con el levantamiento armado jacobita que buscaba derrocar al rey británico y poner en su sitio a un Estuardo, la familia real desplazada el siglo anterior por una revolución y que los escoceses consideraban los reyes verdaderos. Este juego permite a Outlander incluir batallas que se manejan sin presupuestos descomunales, a través de la inteligencia visual de sus realizadores, y no solo explotar los paisajes impactantes de las Tierras Altas de Escocia sino también coquetear con elementos más clásicos de drama de la realeza: palacios, castillos, reyes, damas, burdeles de alta categoría.

Lo que elevan a Outlander son sus tres actores principales. Al elenco secundario no hay que dejarlo de lado tampoco. Pero no es comparable. No cuando tenés a gente como estos tres. Tobias Menzies, que interpretó a Edmure Tully, el hermano de Catelyn, en Game of Thrones, alternativamente es el hombre más bueno y el más malo del mundo, según esté en el rol de Frank o en el de Black Jack. Como cualquiera de los dos da clases de actuación. En particular hay que destacar su trabajo como el villano Black Jack, uno de los personajes más terroríficos de la pequeña pantalla: sus maldades psicológicas, que van de la mano con las físicas, son traumáticas.

Y por último los dos protagonistas. Sam Heughan es imposiblemente lindo y además es igual de creíble como líder militar que como galán virginal y respetuoso al que la mujer debe guiar en el sexo. También tiene un excelente timing para la comedia, y el dolor pesadillesco que Jamie atraviesa se transmite por sus ojos sin necesidad de grandes demostraciones actorales. Su contraparte es Caitriona Balfe, una ex modelo que da vida a Claire con una emotividad de premio óscar, ya sea cuando no entiende qué le está pasando, cuando empieza a enamorarse, cuando es sensual, cuando es enfermera en las peores condiciones imaginables o cuando se hace pasar por una dama aristocrática con un vestido acampanado despampanante.

Ojo, si querés mirarla solo por el sexo, también podés. En eso también Outlander está despegada.

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