¿Por qué me hago esto? ¿Por qué sigo mirando The Walking Dead?

La serie que Fox transmite en el Cono Sur tuvo su “final de mitad de temporada” la semana anterior

Por Gastón González Napoli (@GastonGonzalezN)

Soy adicto a The Walking Dead. No lo digo en el sentido chistoso de “tal serie es adictiva y me la miré entera en un fin de semana”. Es posta. O, como dice la juventú hoy por hoy, REAL. Ya no la disfruto, desde hace unos dos años, pero por algún motivo no puedo dejar de mirarla.

No es que sufra de síndrome Jorah Mormont y me cueste soltar. Lo he hecho con otras series. Mi decepción con Homeland la narré ao vivo en MOOG. No pude tolerar un show con una protagonista agente de la CIA que es incapaz de tomar decisiones remotamente certeras y a la que en vez de castigar, ascienden. No dudo que siga generando momentos interesantes -sus creadores eran maestros de tenerte al borde del asiento-, nada más prefiero gastar mi tiempo en otra cosa. Con The Walking Dead no puedo.

Cuando el show de la cadena AMC iba por su segunda temporada, por motivos presupuestales acorraló a sus personajes en una granja y acabó con la expulsión de su productor creativo original, Frank Darabont. En la revista Cracked, el columnista Robert Brockway escribía que él había visto todos los episodios de la serie dos veces y la amaba, aunque no porque estuviera buena sino porque realmente quería que lo estuviera. Tenía la esperanza. Y la paciencia ofreció frutos. Siempre con altibajos, no estamos hablando de televisión champán, pero con picos muy altos. La muerte de la nenita loca. Rick perdiendo el control y Michonne rompiéndole la cabeza. El entrenamiento de Morgan en artes marciales y en lo precioso de la vida y la paz. Después entró Negan.

[Suspira]

Al principio el villano aparecía como una amenaza lejana y difusa; como tal, atractiva. Luego como un hombre verborrágico ultraviolento provisto de un bate alambrado, que limpió en un solo episodio a dos de los personajes centrales del show. La interpretación de Jeffrey Dean Morgan subía y bajaba entre el magnetismo y una sobreactuación que causaba gracia involuntaria. El desbalance era tal que no podía echársele la culpa al actor, de dotes probadas en personajes muy dispares (desde enamorar a la audiencia en Grey’s Anatomy a darle vida al Comediante en la adaptación cinematográfica de Watchmen). No: la culpa era de los creativos, a quienes la historia se les iba de las manos.

La séptima temporada fue muy difícil de ver. De su primera mitad, siete de los ocho capítulos transcurrieron en locaciones diferentes con personajes desperdigados, incluido un episodio que siguió únicamente a Tara, un personaje como mucho secundario, en un sitio del que jamás habíamos oído hablar -Oceanside-. Fue lentísima, en el peor de los sentidos. Su segunda mitad retomó una velocidad y consistencia algo mayores, y fue empedrando el camino hacia una guerra entre los protagonistas y Negan. Era el camino lógico para la trama. Resultó ser erróneo.

Esta primera mitad del octavo año de The Walking Dead arrancó con esperanzas para los fanáticos. Se habló mucho de que con un arranque tan de acción la serie se estaba despojando de su lastre de lentitud y pesadez. Ese fue el primer episodio, que igual tuvo elementos de guion verdaderamente estúpidos -tienen a Negan parado en la puerta del Santuario sin armadura ni nada que lo proteja, tomándoles el pelo a la distancia, están todos armados hasta los dientes, Y LE DISPARAN A LAS VENTANAS, ¿para qué? ¿Para romper los vidrios y que tengan que barrer?-, para el segundo The Walking Dead ya había descarrilado otra vez.

Hubo una tanda de episodios en los que no se entendía qué carajo estaba pasando, puro tiroteo sin ninguna profundidad o apoyo en los personajes, el alma de la serie. Se hizo mucho pamento con la reaparición de un tal Morales. Puede imaginarse al Writer’s Room tipo “wow, qué giro sorprendente que dimos”, ¿pero quién era este Morales? Parece que venía desde la primera temporada sin saberse nada de él, ¿y entonces? ¿Pretenden que nos acordemos cuando casi no nos acordamos de T-Dog? Encima a los cinco minutos aparece Daryl y le vuela la cabeza. No vuelve a nombrarse a Morales.

Otro descarrile bizarro: lo interesante de Morgan Jones como personaje era que no mataba gente porque toda vida es preciosa, pero claro que en un momento un villano lo hiere y Morgan se convierte en una máquina de matar. Por más excelente que sea el actor, no tiene ni pies ni cabeza, ni mierda que ver con nada. Perdón, pero los guionistas que ganan miles de dólares y pierden las ganas de laburar me enferman. Otros personajes clave como Michonne o Rosita casi no aparecen, cuando lo hacen no se entiende lo que quieren.

Solo un punto “alto”: el episodio con el sacerdote Gabriel y Negan atrapados en un contenedor brindó la mejor actuación de Jeffrey Dean Morgan, más contenido gracias al ambiente opresivo que lo alejó de impulsos más histriónicos. No hubo otro pico. La gráfica permaneció hundida. Reapareció la gente que vive entre la basura y habla raro, Rick los convenció de unirse a él mediante amenazas, en solitario y a pesar de que podrían haberlo dejado hecho un colador de balazos. Rick y Daryl persiguen a un jeep que les dispara a unos pocos metros con una ametralladora gigante y no les pasa nada. Los villanos estaban atrapados dentro del Santuario, y en el último capítulo de la temporada logran salir sin que se explique cómo. Es un insulto a cualquiera que mire la serie. NO LO MUESTRAN NI DAN OTRA EXPLICACIÓN QUE “FUE EUGENE”. Es más que pereza. Es agresivamente indiferente. Ni que hablar de la aparente muerte de [si la viste sabés de quién hablo, si no, googleá], que bien puede no ser tal, siendo esta serie como es.

Lo más estúpido de todo: Maggie está embarazada hace dos años, y no tiene ni un atisbo de panza. En cambio Judith, que era una bebé, ahora HABLA. ¿No podían usar bebés distintos para preservar un dejo de continuidad? ¿Tan poco les importa?

He escrito antes sobre que este show es frustrante. Esto no es frustración. Es peor. Es despertarte un día y comprender que esa persona que te gustaba ya no te genera nada. Pegarle a The Walking Dead siempre fue cool; esto va bastante más allá. Obviamente no soy el único que se siente así, de hecho, 50.000 fans se unieron y juntaron firmas para que despidan a Scott Gimple, el productor creativo. Pero son casi ocho años y no quiero rendirme, quiero creer que The Walking Dead puede volver a ser buena y por eso no voy a dejar de mirarla. Es una adicción pésima que no puedo sacarme de arriba. Al menos por medio año más. Si sigue así, en la novena no contarán conmigo.

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