Por qué hay que ver: Silicon Valley

La serie de HBO satiriza a quien el mundo más necesita ver satirizado: los multimillonarios detrás de las grandes compañías tecnológicas. Otra entrada en nuestro Por qué hay que ver, de series de televisión viejas y nuevas

Por Gastón González Napoli

Resulta que Peter Thiel, co-fundador de PayPal, compró tierras en Nueva Zelanda como refugio ante un inminente apocalipsis. También compró su pasaporte neozelandés: logró la nacionalidad con solo doce días en tierra kiwi. Resulta que Google se erigió en un casi-monopolio que aplasta a su competencia antes de que empiece; muy lejos de su lema original de “no seas malvado”. Y que Twitter se convirtió en un lugar seguro para neo-nazis y hordas de bullys y falsos justicieros. O que Elon Musk gastó 90 millones de dólares y muchísimo combustible fósil súper contaminante para lanzar el cohete Falcon Heavy, en gran medida como truco publicitario para su empresa de vehículos eléctricos, Tesla. Ni hablemos de los aires de grandeza de Mark Zuckerberg, que recorrió Estados Unidos en una aparente gira pre-lanzamiento de su campaña presidencial, mientras ahora sale a pedir perdón en medio de una crisis de comunicación que lleva ya dos años y que puede arrastrar consigo a Facebook entero.

No hay nada en el mundo de hoy que dé más posibilidades de sátira que el valle del silicio, Silicon Valley, la zona al norte de California donde se ubican desde hace décadas las compañías más innovadoras del planeta. Antes una comunidad de creativos inspiradores, hoy una tecno-distopía de excesos, regada de mega-multimillonarios libertarios que bordean la anti-democracia y hasta han propuesto constituir un país independiente. Todo escondido tras una cortina de “hacer del mundo un mejor lugar”.

De esa frase se aferró Mike Judge para desarrollar una sátira voraz del universo de los emprendedores tecnológicos, titulada simplemente Silicon Valley. Creador de Beavis and Butt-Head Los reyes de la colina, director de los clásicos de culto Idiocracia Office Space (traducida como Enredos de oficina), Judge es un comediante experto. Pero antes de dedicarse al audiovisual, trabajó como ingeniero en Parallax, una empresa ubicada en, sí, Silicon Valley. De allí se fue frustrado y convencido de que la gente operaba como un culto religioso bizarro. Casi 30 años después, con un elenco de actores jóvenes ascendentes y el respaldo de HBO, Judge se lanzó a prender fuego al valle.

La serie se centra en Richard Hendricks (Thomas Middleditch, crack de la comedia física), un típico nerd socialmente incómodo con cierta propensión a explotar en rachas de violencia patética. Es el creador de Pied Piper, una compañía que en su versión original es bastante medio pelo, pero tiene una base tecnológica -un sistema de compresión de archivos- tan innovadora y firme que varios popes de la zona se pelean por comprarlo. Silicon Valley comienza con su decisión de no vender y en cambio embarcarse en una aventura de firmas de inversión, reuniones de pitch, contratación de empleados, y decepción tras decepción.

Con él trabajan su amigo Big Head (el divertido Josh Brener) y los descaradamente negativos y ácidos Gilfoyle y Dinesh; estos últimos interpretados por dos fenómenos: el siempre serio Martin Starr y el pakistaní Kumail Nanjiani (nominado hace poco al Óscar por el guion de su película The Big Sick, alias Un amor inseparable). Todos viven en el Hacker Hostel, mini incubadora berreta liderada por Erlich Bachman, un ególatra porrero que la pegó con una empresa y se cree Steve Jobs. Lo encarna T.J. Miller, que se fue al terminar la cuarta temporada, aparentemente peleado con todo el mundo, incluido Middleditch, con quienes trabajaban juntos desde chicos. Miller cayó en desgracia luego, acusado de acoso sexual; su trabajo en la serie queda como prueba de un talento cómico nuclear, de esos que se aman o se odian.

El domingo pasado Silicon Valley estrenó su quinto año y no parece extrañar para nada a Miller. El elenco de secundarios es estelar y lo compensa: Amanda Crew como Monica, el nexo de Pied Piper con la compañía inversora; la CEO de esa agencia de capitalización, Laurie, interpretada por una Suzanne Cryer que hace maravillas con pocos segundos en pantalla; el incendiario Matt Ross como el dueño de Hooli, la símil Google que es el némesis de Pied Piper; el comediante hong-konés Jimmy O. Yang como el ridículo Jian-Yang. Al frente de todos está Zach Woods, el arma secreta de Silicon Valley, que encarna a Jared, un empleado de Hooli que renuncia porque cree en Pied Piper y en Richard, y es tanto el alma de la serie como su disparador de carcajadas más certero.

La cuarta temporada fue la más despareja, pero también abrió un montón de posibilidades para Pied Piper y para Silicon Valley. Mike Judge siempre está atento a las tendencias tecno para irlas absorbiendo y ridiculizando o poniendo bajo una luz cómica, aunque siempre parte desde la ciencia. Los coqueteos de Richard con un internet 2.0, basado en compartidos P2P en vez de en servidores fijos, sonaban muy locos el año pasado. Con el advenimiento del bitcoin y el blockchain, cosas que Judge de seguro tenía más que estudiadas, ahora están en línea con lo último de lo último. A la vanguardia. Ojalá los tropiezos de Richard no sean señal de cómo tropezarán los grandes millonarios de hoy, porque si es así, al mundo le espera un futuro complicado. Por lo menos sería uno muy gracioso de ver.

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