Quién engañó a Roger Waters

Como escribir la historia de la banda como puede leerse en cualquier lado era aburrido, un repaso desprolijo y por qué no algo psicodélico de la carrera de Floyd y Roger Waters


Roger Waters en la gira de The Wall

Por Felipe Reyes

Capaz un conejo. El a nadie engañó.

Fue nieto de soldado, o comandante, o cabo de miedo, o de coro (no de coronel, sino de coro de niños todos afinados y vestidos iguales cantando en perfecto inglés de la enciclopedia de ellos: we don’t need no education). Nieto de Eric Fletcher Waters a quien le dedicó The Final Cut (último corte de manga a Alan Parker, director de la mejor película de rock, de acá al muro de la China, porque el de Berlín ya no existe, él estuvo la noche en la que repartían pedazos del muro de los no lamentos de la post guerra). El ultimo disco que sacó con la maquina psicodélica de las mejores tapas de rock, donde el contenido interior estaba a la altura de los cerdos, vacas, triángulos, paredes y hombres incendiados saludándose; que se traducen en el delicado sonido de esa caja registradora que dice money.

The Final Cut fue el último disco del loco de las guerras. Estaban todos distraídos con la película que empezaba con el sonido de la aspiradora en un hotel y él y su ego metidos en  los pros y contras de iniciar una carrera solista. Cuando el disco más caprichoso suyo fue catapultado en el lejano 1983 casi nadie más que Maggie se enteró.

El anterior loco que se había ido fue Syd, su mejor amigo, loco de la fiebre de la risa y los ácidos, uno de remate corriente que un buen día dijo yo mejor vuelvo a la casa de mother y cuido y veo todo desde el jardín.

Madres de bombardeos, de correr al sótano no para ver si Johnny estaba mezclando la medicina, solo porque esa última que no escuchás, eso justo te cae arriba, destruye la casa, pero no a nosotros. Una mother of invention, para cada uno de los healthy and clean kids miembros fundadores de la banda: Robyn, Wright, Barrett, Waters, no aparece David en las primeras fotos del grupo, que pidió prestado el nombre no de un blusero americano, sino dos, uno cerebro y el otro Floyd (tener que escribir todo la historia idéntica a como aparece en allmusic.com es aburrido, muy aburrido). No era Pinky, era Pink Anderson uno de los bluseros que Syd y Roger, mejores amigos de la infancia escuchaban. Discos de blues del viejo y bueno, americano como un Lucky Strike tostado que cuando se fue a la guerra se pintó de verde su cajilla. Nunca prendas más de dos puchos por más de la suerte que sean, el tercero está muerto.

Manual de cómo no morir por la noche en una trinchera más importante que I need a dirty woman en Vietnam. Blues americano, el mismo que escuchaban los Animals, tocaban en vivo los primeros Stones. Ningún tonto en la colina, capaz David Gilmour a lo lejos practicando sus solos (no solo de escalas pentatónicas sobrevive el guitarrista). Hasta el día que dejaron de pasar a buscar a Syd porque la última vez quedo quieto sin moverse, sin cantar, mientras los otros remaban por los espacios vacíos cada vez que este entraba en modo comfortably numb.

Entonces, acá vamos, hola, ¿hay alguien acá?, ¿pueden leerme?, no perderse. El que va a venir a cantar no es el falso Roger Waters, por más que lo duden, el que se va a subir al escenario fue el último líder de una banda increíble, de toda una legión de estudiantes de arquitectos de una generación que nunca más volvió. Los sueños que vinieron después de la guerra fueron no más guerras. Resulta difícil de imaginar que la historia de la ballad de John y Yoko tuviera alguna oportunidad. Volaron hasta el lado oscuro de la luna, se hicieron re famosos, después levantaron una pared doble, un disco que no marcó, pero encendió una generación entera cada vez que hubo que gritar, protestar, destruir pupitres, hacer experimentos en tubos de ensayo, distraerse en biología, y poems, everybody, poemas muchos.

Claro que Roger Waters fue un niño, cuando tuvo la fortuna suficiente la invirtió otra vez en sí mismo. Lideraba una banda psicodélica más perfecta que la perfección misma. Los solos de guitarra del lejano David Gilmour hubo que apagarlos más de una vez en un fade out. Todo el show de sonidos medidos, cronometrados, como que si disparás el Dark Side of the Moon después del segundo rugido o tercero del león de la Metro Goldwyn Mayer, pasan cosas, no hay error en eso, solo deben embocar con el rugido del león y toda la película van en perfecta armonía hasta el final.  Pueden hacer la prueba con sus hijos, hermanos, nietos, padres o abuelos.

Quedan muchos seres en este planeta vivos, que conocen la historia de este disco, porque es el único que hasta el día de hoy, mientras yo escribo, en alguna parte está sonando.

Entonces, ahora viene la parte que dice:

Así que pensaban que les gustaría ir al show. Pues sí, claro que les gustaría dejarse de joder, tío, ir al show para sentir todos esos gusanos que hay en sus cuerpos bailar. Syd no se está sintiendo bien, está más bien muerto, no va a poder venir. David quedó liderando la banda, después de la división de las campanas.

Lo que han enviado hasta aquí es el hombre que una vez fue joven y ahora no tanto en el corazón. Lo trae la plata hasta acá, las entradas vendidas, no viene por beneficio, nada de eso. Quién quiere ponerse a hablar de eso en un show en el Centenario, us o ellos. Nadie quiere.

Por el pasado, por los días de gloria, por nuestros sobrinos, para no decir hijos, nietos y abuelos, el que viene es un tipo que se llevó el récord del estadio River de Buenos Aires, tanto no odian a los ingleses, a nadie le interesa la política cuando es rock. Querían rock o querían Roger Waters. El resultado es el mismo. Las recomendaciones para la noche que se aproxima son callarse, bailar y cantar. Ustedes van a saber cumplir su parte en el show. No es un bombardeo. No van a caer bombas. No sean miedosos. Go get a drink of water.

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