Ready Player One y un manifiesto contra la nostalgia

Steven Spielberg, héroe del cine de los 80, dirige la adaptación de una novela obsesionada con el cine de los 80

Por Gastón González Napoli

Basta, por favor. Basta con la retromanía. Basta con celebrar una película por sus referencias a la cultura pop. Basta con atragantarse con nostalgia. En un principio fue gracioso, pero pasó de ser un chiste en el cine-pastiche de Tarantino a convertirse en un lastre para un montón de guionistas que creen que saber de cultura pop es ser creativos. Directores que creen que poner un montón de referencias y “huevos de Pascua”, como le llaman en inglés, es ser unos cracks. No. Ser un crack es contar una buena historia, o construir un personaje cautivador, o llegar a verdades profundas sobre el ser humano, o innovar y romper reglas y hacer arte; lo que sea que esperes cuando entrás a una sala de cine. Pero si tu gran habilidad es hacer homenajes y referencias, entonces no sos un cineasta, sos un diseñador de parques de diversiones.

El summum de esta corriente tóxica es Ready Player One, adaptación de la novela del mismo título de Ernest Cline. Una película sin un ápice de originalidad. Que, a ver, tampoco es tan grave. No hay nada nuevo bajo el sol, los griegos ya hicieron todo, y etcétera. Ahora, un mínimo de esfuerzo. Solo eso se pide.

Este es un filme en el que el protagonista es huérfano y pobre, y tiene que superar una serie de desafíos para ganar un premio. Que empieza con una narración de voz en off innecesaria. En el que tiene un interés romántico súper obvio, que se desarrolla de la absoluta nada (el momento en el que el protagonista le dice “te amo” a la chica por primera vez parece una burla tipo Ted Mosby en How I Met Your Mother; pero no, es sincero). En el que el antagonista es egocéntrico, despiadado, un villano de manual, que está siempre de traje. Hasta cuando es un “avatar” de videojuego y puede elegir el look que quiera. Y es un filme que termina con una suerte de moraleja. No le falta nada.

Claro, la dirige Steven Spielberg. Entonces es entretenidísima. Un asalto a los sentidos que va muy rápido para que no te percates del poco interés que tiene por sus propias reglas internas. Quiere hacerte pasar un buen rato y está bien. Igual sigue siendo un Spielberg de mitad de tabla para abajo.

La trama de Ready Player One sigue a Wade (Tye Sheridan), un pibe que vive en un futuro post-apocalíptico urbano tipo Blade Runner. Es tan feo que todo el mundo elige pasarse las horas adentro de OASIS, una realidad virtual que cruza el Second Life con los MMORPGs, los videojuegos de rol multijugador masivos en línea (massive multiplayer online role-playing game) onda World of Warcraft. El creador de OASIS, James Halliday (interpretado por Mark Rylance, reciente favorito de Spielberg desde Puente de espías) dejó, antes de morir, una especie de búsqueda del tesoro; un desafío tan complejo que pasaron años y nadie ha conseguido siquiera pasar la primera prueba. El ganador obtendrá el “huevo” y será el nuevo dueño de OASIS. Y como Halliday era un obsesivo de la cultura pop de los 70s y sobre todo los 80s, la clave para resolver los enigmas está en conocerla al dedillo.

Por supuesto Wade, que adentro de OASIS maneja un DeLorean como el de Volver al futuro, pasa la primera prueba.

Spielberg decidió no hacer referencias a todas sus obras maestras que sí aparecen en la novela. Pero sí están Alien, el cine adolescente de John Hughes, Star TrekStar Wars, Freddy Krueger, Beetlejuice, Akira, Terminator, Monty Python, Fiebre de sábado la noche, e infinidad más. El Overlook Hotel de El resplandor es sede de una escena muy divertida. El Gigante de Hierro de, oh sorpresa, El Gigante de Hierro, juega un rol importante, al igual que Mechagodzilla. Videojuegos de los arcade de la primera época también. La mayor gracia pasa a ser descubrir los huevos de Pascua ocultos en cada escena. Casi como el personaje principal, que está en una búsqueda de un huevo. Ready Player One es un enorme ensalzamiento del nerd obsesivo.

En su afán por saltar de una referencia a la otra, la película se olvida de generar emociones genuinas o tapar los agujeros de su trama. A un personaje se le muere un familiar, y en la escena directamente siguiente está tratando de chuponearse a alguien, por ejemplo. Y por querer meter tanto, suceden cosas como convertir al Gigante de Hierro, figura antibélica por excelencia, en una máquina de guerra. La gran aventura Lego hizo la misma licuadora de referencias con mucho más cariño.

Ready Player One no es una mala película. Sí es el no va más de la nostalgia. Y no solo de la nostalgia ochentosa. Hace unos días, la periodista argentina Fiorella Sargenti preguntaba en Twitter opiniones de si la nostalgia de los 80 ya estaba o si se le podía seguir sacando jugo; uno respondía que Spielberg le había dado un cierre con esta última obra. “Me pareció un llamado del maestro a armar una nueva cultura pop y no seguir anclado en los 80”, escribió. Tal vez la intención de Spielberg haya sido esa. Tal vez solo haya sido hacer algo light y cobrar su sueldo, después del rodaje relámpago de The Post. Intencional o no, Ready Player One sí es o un cierre o un agotamiento. Un empalague. Ya está.

La respuesta no es pasar a ser nostálgicos de los 90. Ni de los 2000. La respuesta es dejarse de joder con mirar al pasado. Todo muy lindo con la nostalgia de vez en cuando, pero cuando es tu motor, es como el ouroboros, la serpiente que se come su propia cola. Rompamos con la nostalgia. Rompamos con el conocimiento enfermizo de la cultura pop como algo positivo. Salgamos, conozcamos el mundo, y contemos historias nuevas. El camino de la nostalgia por el hecho de la nostalgia solo lleva al estancamiento.

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