Saltemos todos con Jared Leto

Thirty Seconds To Mars dio un concierto efectivo, cortito y al pie, el jueves de noche en Landia

Foto: Difusión

Por Gastón González Napoli

“¿Vamos a ver a Mr. Nobody?”.

He ahí el quid de la cuestión. Thirty Seconds To Mars es un dúo de rock pop alternativo conformado por dos hermanos, pero el espectáctulo es Jared Leto. La gente que se metió en la oscuridad de película de terror del Parque Roosevelt para llegar a Landia, fue a ver a Jared Leto. Y en su rol de frontman, el ganador del óscar a Mejor actor secundario por Dallas Buyers Club: el club de los desahuciados no decepcionó. Exigió saltos, demandó manos en el aire, cantó con prolijidad, vistió un kimono colorido. No se alejó del personaje de galán misterioso que ha construido en las últimas dos décadas.

Con su look de Jesucristo Superstar, Leto salió al escenario como si recién se hubiera levantado de la siesta, fumado un cañón y vestido con lo primero que hubiera tirado en la vuelta. Lentes de sol, buzo negro, pantalón blanco que a lo lejos parecía una joggineta, el kimono antedicho (aunque probablemente todo fuera Gucci). Fue despertándose con el correr del concierto, que duró algo menos de una hora y media. Hasta meneó brevemente -y mostró que demasiado ritmo no tiene, aunque sí onda- y se levantó el buzo para mostrar los abdominales. A cambio recibió una ovación. Cosas de rockstars/actores de Hollywood.

Ni Jared ni su hermano Shannon, baterista, se gastaron demasiado. Tocaron sobre pistas grabadas de otras voces e instrumentos; no hubo puesta en escena más que una pantalla de fondo que iba cambiando de color y unos globos gigantes que soltaron sobre el público. Sí fue un show efectivo, que sonó fuertísimo, con unos graves que sacudieron la carpa de Landia; duró lo que tenía que durar, pasó por los temas que tenía que pasar, y dejó enfervorizada a una audiencia súper fan.

Los puntos más divertidos del show vinieron justamente de un público de media tardoadolescente-veinteañera y pelo teñido de celeste en concentración alta. Había montón de banderas, había carteles en alto como “me estoy por casar, rescatame”. Y Leto los hizo partícipes. No a quien se estaba por casar, que deberá buscarse otra excusa para esquivar el anillo, pero sí invitó a cantidad de gente a subir con él. Pidió primero a “los bailarines más locos” y subió a tres chicas y a un flaco de riñonera que estaba en éxtasis. Cuando cantó “The Kill”, al rato, el vocalista señaló a otro pibe, que había estado todo el recital con un cartel en alto: “¿Puedo cantar ‘The Kill’ contigo?”. El pibe, con estética de resabios del emo de los 2000, resultó tener flor de voz. Hasta Leto quedó sorprendido.

Para el cierre, subió a un montón de gente a ambos lados del escenario, contenidos por un par de asistentes nerviosos. “Vos, vos, vos, vos”, iba señalando entre el público. Al terminar la canción se fue casi que sin más. Hizo bien. Si se hubiera quedado, se habrían hecho pesados sus consignas reiterativas de “¡salten, salten!” y “levanten las manos”. Jared Leto mostró un poco de su fulgor de superestrella y luego le cedió las luces a la gente que había subido y vivido un sueño, celular en mano. Regaló historias de Instagram inolvidables.

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