Santa Clarita Diet y una segunda temporada hilarante

La serie de terror y comedia de Netflix fue confirmada para una tercera temporada de sangre, zombis serbios y dilemas matrimoniales


Foto: captura de pantalla de Netflix

Por Gastón González Napoli

Salió de la nada. Santa Clarita Diet ascendió a la superficie del océano de propuestas de Netflix no por un éxito superlativo sino por el star power de Drew Barrymore. No es una serie que se vea mucho en la tuitósfera, mucho menos cruzó a conversaciones de la vida real de la manera insoportable en que lo hizo La casa de papel. No, no. Aparece en el escalón superior del servicio de streaming por quién es su protagonista. Fue el destaque de la crítica de MOOG de su primera temporada: la reaparición de Barrymore. Una bruta actriz cómica con una carrera atestada de vaivenes. La segunda temporada de Santa Clarita Diet lo sabe, pero camina con cuidado. No se olvida de que su fuerte narrativo no es ella sola sino un elenco escogido con puntería de francotirador.

El arranque del show supuso la presentación de su universo. Sheila Hammond (la buena de Drew) es una agente inmobiliaria cheta e insulsa que sufre un ataque de vómitos violento y muere por un ratito, para regresar zombi, caníbal, con apetito sexual voraz y más confianza que nunca en sí misma. Su marido Joel (interpretado por Timothy Olyphant, al que deberían lloverle propuestas cinematográficas) la apoya hasta casi quebrar su propia psiquis. Su hija Abby (Liv Hewson, adolescente cool con un subtexto de furia e incomprensión) se debate entre el amor-odio hacia sus padres, la adrenalina del bravo mundo nuevo donde ha caído y los problemas típicos de liceo yanqui. El cuarteto lo cierra el vecino Eric (Skyler Gisondo, el más gracioso en un elenco de competencia irracional), nerd amigo de Abby que entiende mejor que los Hammond qué le está pasando a Sheila.

La segunda temporada se ocupa de profundizar el mito que subyace a esta zombi-sitcom. Ya se sabía que el caso de Sheila no era el único, y que la suerte de enfermedad que la atacó estaba documentada desde libros medievales serbios. Ahora se suma un linaje misterioso de caballeros que estarían en busca de Sheila y otros caníbales, además de que la vecina policía Anne (Natalie Morales, toda sonrisas, hasta que no) continúa su investigación de las muertes provocadas por los Hammond, ayudada, sin quererlo, por ellos mismos. El triunfo, sin embargo, es que Santa Clarita Diet entiende que el vínculo de la familia central es su alma y su mejor fuente de chistes. Sí, sacan carcajadas indecibles sobre asesinatos y gore. Hay un debate filosófico -como para rivalizar a los de The Good Place– acerca de lo apropiado de matar a un nazi misógino en silla de ruedas. Y aun así la mayor gracia está en la interacción del matrimonio Hammond. La química de Barrymore y Olyphant es espectacular.

También es inteligente el desarrollo de Abby. Sus problemas diarios podrían tropezar con el camino mil veces transitado del drama teen. Liv Hewson quizá lo bancaría, tal su carisma. Por suerte el equipo creativo liderado por Victor Fresco elige propulsar sus quilombos románticos y líos de pasillos por violencia. Indica que Abby no está llevando la zombificación de su madre tan bien como aparenta. Y dota al personaje de un peligro y un estar al límite que explica sus determinaciones más dementes -y divertidas-. Su amistad tierna y tensión sexual no resuelta con Eric son el segundo corazón de la serie, y su química no tiene nada que envidiarle a la de los adultos.

Algún que otro giro se ve venir. Otras tramas no están tan bien desarrolladas. Pero Santa Clarita Diet ya está confirmada para una tercera temporada que se anticipa desde ya, gracias a las preguntas que quedaron en el aire, tan sangrienta y entretenida como las anteriores. Es un tipo de humor que no es para todo el mundo. ¿Y? ¿Cuál lo es? Una serie que trae lo mejor de las sitcoms familiares y lo complementa con una buena dosis de huesos y sesos es un producto evidente de los tiempos que corren. También un terreno fértil. No hay nada nuevo bajo el sol ni Santa Clarita Diet pretende desenterrarlo. Prefiere subvertir con cariño lo mismo de siempre.

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