¿Tiene sentido que “Vikings” siga adelante?

La serie de History Channel terminó hace algunas semanas la primera mitad de su quinta temporada con más dudas que certezas

 Kathryn Winnick como Lagertha

Por Gastón González Napoli (@GastonGonzalezN)

Como el pueblo histórico en que se basa, Vikings apareció de la nada y triunfó. Una serie de History Channel… Estrenada en 2013, en los años previos a que cada plataforma yanqui tuviera la necesidad de crear contenido propio; era una aventura para el canal. Con un showrunner de pedigrí dudoso, creador y productor de series de época (The Tudors The Borgias) que ponían el erotismo y los enredos telenovelescos por encima del rigor histórico. El elenco de desconocidos tampoco le jugaba a favor. ¿Por qué funcionó entonces? Porque Vikings entendió rápidamente cuál es la fascinación de Occidente con sus protagonistas.

La otra pregunta es: en medio de la pausa de mitad de su quinta temporada, compuesta por dos bloques de diez episodios, ¿sigue funcionando Vikings? ¿Ha sobrevivido a un terremoto que se llevaría por delante a cualquier otro show? ¿O ya no tiene mucha razón de ser? Por más que la salida del show de (SPOILER) Ragnar Lodbrok estuviera en los planes originales -dado que su muerte a manos del rey Aelle de Northumbria es parte de su leyenda-, ¿tiene sentido sin su protagonista?

Los éxitos

Los vikingos utilizaban las runas germánicas para escribir, pero dejaron muy poco documento de su cultura. Lo que se sabe de ellos viene en gran parte por las crónicas de los pueblos que arrasaban. Que obviamente les tenían poco cariño. Durante siglos fueron vistos como guerreros demoníacos, hasta se los imaginaba vistiendo cascos con cuernos terroríficos. Tuvo que llegar la arqueología para probar que eran menos caricaturescos; el siglo XIX vio un resurgir del interés por ellos, esta vez como salvajes nobles. Wagner utilizó la imaginería escandinava en su obra con gran suceso. Aunque en el fondo, siempre quedó de ellos un aura de misterio, de enigma, y de violencia. Saqueaban, violaban, destruían, adoraban al dios del rayo Thor: poco más importaba.

El productor Michael Hirst tomó ese misterio y lo potenció. Se basó en las sagas de Ragnar Lodbrok, de las que no hay seguridad si se basan en acontecimientos históricos o si son invención legendaria pura, un mito fundacional para Escandinavia como el Rey Arturo lo es para el Reino Unido. Eligió comenzar por el ataque al monasterio de Lindisfarne, muy al norte de Inglaterra: el primer ataque documentado de vikingos a anglosajones. Y determinó que allí fuera capturado un monje, quien oficiaría de introducción para el público a una cultura totalmente ajena. La dirección de fotografía sería muy visual. Buscaría la otredad. Lo otro, lo distinto.

Para eso eligió un elenco fenomenal, muy funcional a su objetivo. Kathryn Winnick es canadiense hija de ucranianos, así que tiene el look; además, es cinturón negro de múltiples artes marciales. Vikings tuvo a su Lagertha (o Ladgerda), una skjaldmö o doncella escudera, recogida por el historiador medieval danés Saxo Grammaticus como una de las gobernantes originales de Noruega. Clive Standen de escandinavo tiene poco, pero es un tipo enorme, a quien se cree capaz tanto de gestas heroicas como de traiciones sanguinarias con solo verle la cara. Hirst tuvo con él a su Rollo (también llamado Rolf, traducido en formas múltiples, como Rollón el Caminante o Rodrigo I el Rico), considerado el primer duque de Normandía; líder entre los “hombres del norte” (“northman”, de ahí “normando”) que conquistaron la costa norte de la Francia medieval. Para Floki, simplificación de Hrafna-Flóki Vilgerðarson, el primer vikingo en asentarse en la hoy Islandia, Hirst apeló a Gustaf Skarsgård. Un actor sueco de familia estelar: es hijo de Stellan (el científico Erik Selvig en el Universo Cinematográfico de Marvel, el padre de Will Turner en Piratas del Caribe), hermano de Alexander (el villano de Big Little Lies, el vampiro Eric en True Blood) y de Bill (el payaso Pennywise en la última It). Para el antedicho monje anglosajón secuestrado, Athelstan, Hirst eligió a George Blagden, capaz de mostrar la maravilla en sus mirada.

El acierto mayor de Vikings estuvo en su Ragnar Lodbrok. Antes que nada, en hacer al personaje no un guerrero, sino un granjero ambicioso que sueña con más que adentrarse en tierras germánicas a robar a los bárbaros. Sueña con que su amigo Floki, constructor de barcos algo demente, diseñe una embarcación nueva, alargada, que los lleve a tierras insospechadas de las que ha oído hablar por viajeros. Sueña con que los vikingos sean algo más que luchadores. Y para encarnarlo, Hirst seleccionó a Travis Fimmel. Un ex modelo australiano, con escaso historial como actor, que se probó un hombre magnético, de ojos súper celestes, tan vivaces como extraños, con dotes para el trabajo de acción, de drama y de comedia, experto en lenguaje corporal, ideal para una serie que se beneficia cuanto menos se habla. Fimmel fue un golazo.


Alex Høgh como Ivar el Deshuesado

Los errores

Las dudas en torno a Vikings comenzaron cuando fue viajando a Gran Bretaña y a París, y la serie introdujo personajes anglosajones y francos -que no, todavía, franceses-. No porque fuera una movida equivocada, sino porque Hirst sacó a relucir sus peores impulsos. Muchos de sus actores eran hallazgos, como Linus Roache para el rey Ecbert de Wessex o el inmenso Alexander Ludwig para Björn Brazo de Hierro (Ironside, este sí un vikingo definitivamente histórico, que arrasó Roma), también se le empezaron a filtrar otros que no tanto, como el mediocrón Moe Dunford, que interpretó a Aethelwulf. Y a la vez la serie se dejó arrastrar al erotismo y las intrigas de la realeza de The Tudors, que acá se sentían falsos y forzados. Los dramas románticos de Vikings son confusos y dan toda la impresión de que a los guionistas les aburren tanto como a los espectadores.

Otro error fue el camino elegido para Ivar el Deshuesado, uno de los hijos de Ragnar. La figura histórica de Ivar tenía fama de berserker, es decir de guerrero demoníaco, aunque esté reportado que tenía alguna enfermedad que le impedía caminar con normalidad. Todo para ser un buen personaje. El actor Alex Høgh cae como anillo al dedo, tanto por cómo se nota que estudió los movimientos de Travis Fimmel, como por su rostro enfermizo, terrorífico. El tema es que Vikings lo convirtió, ahora sí, en una caricatura maligna. Es la respuesta de la serie al Ramsay Bolton de Game of Thrones. Era tolerable mientras Ragnar estuviera para balancear, ya no una vez que Fimmel dejó la serie al final de la cuarta temporada.

Insólita es la decisión de incorporar al favorito de Hirst, Jonathan Rhys Meyers, como un sacerdote guerrero medio sexópata. Como si la serie estuviera tratando de revivir la relación del monje Athelstan y Ragnar, que fue uno de los aspectos más atractivos del show, pero en la misma clave exagerada en la que funciona Ivar. Rhys Meyers (el de Match-Point, la película de Woody Allen) está a 220 y desentona. Hirst le fue perdiendo la mano al casting; una muestra previa de ello es que le dio trabajo no a una sino a dos de sus hijas, Maude y Georgina, como Helga y Torvi (ninguna de las cuales es particularmente buena actriz).

Ni que hablar de la decisión incomprensible de estirar las temporadas a 20 capítulos, cuando todo el mundo va en el camino contrario.


Travis Fimmel como Ragnar Lodbrok

Y ahora qué

El problema más fuerte del Vikings post-Ragnar es que la serie quedó sin un protagonista claro. Por más interesantes que sean Lagertha y Floki (y por más esfuerzos que intenten Kathryn Winnick y Gustaf Skarsgård) no se les da la chance de ser los líderes por una sobreabundancia de tramas. Acaban por perder fuerza.

Una de ellas tiene a Floki asentándose en Islandia, lo cual da espacio para dos fuertes de la serie: imágenes hermosas y la religiosidad maniática de Floki. Pero a él lo acompañó un grupo de personajes nuevos, demasiados, hacia los que se trató de generar empatía con rapidez imposible. Mecánica.

A Lagertha, mientras, se le dio un romance lésbico con Astrid (la insulsa Josefin Asplund), y fue muchas veces puesta en segundo plano, detrás de los hijos de Ragnar. En un apunte quizá aun más problemático, Astrid fue violada en grupo en forma groseramente gratuita. No sirvió para nada ni se lo volvió a mencionar.

El último episodio antes de la pausa de mitad de la quinta temporada fue el que funcionó más ajustado, porque se le sacó prioridad al diálogo y se permitió apoyar en la corporalidad y los silencios que con tanta destreza Vikings manejó antes. ¿Pero tiene sentido que siga existiendo? ¿No habría sido más cerrada como la historia de Ragnar Lodbrok y punto? ¿Es necesario que se reinvente como una serie sobre la Era Vikinga en general?

La aparición de Rollo en el último plano del capítulo y la visión de Lagertha como envejecida y arruinada espolvorean de algo de interés. Hay que darle el changüí del resto de la temporada. Pero la respuesta, por ahora, es que no. Que Vikings debería haber terminado con Ragnar, junto con su deseo de un mundo mejor para Escandinavia, que empezaba a verse entre los resquicios de la guerra constante en que sus pueblos se sumían. Ir más allá de esa esperanza, más allá de los ojos celestes de Travis Fimmel, parece un despropósito.

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