The End of the Fucking World: una serie para ver y escuchar

Netflix volvió internacional una miniserie británica con personajes tan humanos que rozan la incoherencia absoluta: The End of The Fucking World. Suma, además, una banda sonora y una fotografía para el recuerdo

Por Federica Bordaberry

Un miembro con casi tantos nervios como granos de maíz en un campo, una mano, ingresa en un infierno de aceite caliente con el simple objetivo de hacer que un chico sienta algo. Cualquier cosa. James, el protagonista psicopático de la serie en cuestión, se transforma en un humano demasiado humano. Quizá The End of the Fucking World no consigue la profundidad de Black Mirror -la de una pantalla negra como espejo de la alienación tan característica del siglo de la tecnología-, pero este conjunto de humor sardónico y cine británico tienen un efecto muy parecido.

Son ocho capítulos de aproximadamente 20 minutos cada uno; una historia extraña aunque enviciante, con guion moldeado por la novela gráfica de Charles Forsman. Dos adolescentes de 17 años: James (interpretado por Alex Lawther, una carta ya jugada en el capítulo “Shut Up and Dance” de la antedicha Black Mirror), quien afirma tener una condición psicopática que le genera instintos asesinos, y Alyssa (por Jessica Barden, ya conocida por la televisión británica y actriz en películas como Hanna), una chica de carácter fuerte y agresivo, a quien James pretende asesinar. Cuando los protagonistas encuentran compañía el uno en el otro se crea entre ellos un romance muy particular.

Su estreno oficial fue el pasado 24 de octubre en el Reino Unido y el 5 de enero en Netflix a nivel internacional, donde la serie consiguió la cantidad de público que en realidad merece: mucho. Lo que la vuelve tan brillante es su capacidad de conectar a través de personajes que, en un principio, son exageradamente extraños, y que terminan siendo tan sensibles como cualquier mortal.

La fortaleza de las personalidades de Alyssa y James, y las formas en las que narran sus aventuras, es tan importante para la trama que se encarga de definir el género de la serie: comedia oscura (y británica, claro). Una mezcla de erotismo y muerte, desgracia y risas, violencia e inocencia llevan a que la muerte de un feminicida, la explosión de un auto robado o un padre vendedor de drogas causen una sonrisa.

En ciertos puntos tanto humor negro puede resultar saturador, y es ahí mismo, en el peligro del exceso, que The End of the Fucking World encuentra su balance. La historia la narran ambos protagonistas, cuyas voces interiores se van alternando para permitir un mayor conocimiento de sus pensamientos. Pensamientos que se acercan mucho más a la cordura que a la locura y generan ese vínculo empático que hace a la genialidad del guion.

Es una de las formas que tienen estos Bonnie y Clyde de alcanzar originalidad: la doble narración. El primer nivel narrativo, en el que los personajes se desarrollan a través de la acción, hace visible la locura que cada unoposee, mientras que el segundo nivel, el de sus voces interiores, devela el lado vulnerable de dos adolescentes que solamente quieren ser un poco más comprendidos y sentirse acompañados.

A pesar del intento de evitar spoilers, es evidente que una serie que tiene como objetivo encontrarse con la vulnerabilidad humana no termina bien. Y de hecho el final incierto de la serie, con ínfulas de tener una resolución negativa, es anticipado por el título, The End of the Fucking World (“el fin del puto mundo”). Con esa misma vocación provocativa transcurren los ocho capítulos; es otro de los elementos de los que se agarra la comicidad.

Con paisajes de magnitudes que no pasan inadvertidas -bosques kilométricos, playas desérticas y remolques en campos abandonados-, el humor inglés se siente en casa. La historia se sitúa en Inglaterra, en un pueblo en las afueras de Londres, donde una vibra retro, irónicamente muy estadounidense, domina la fotografía. “Si esto fuera una película, probablemente sería americana”, dice la propia Alyssa.

En el caso de The End of the Fucking World la banda sonora no acompaña a la fotografía. Crea y genera al igual que ella. Compuesta por Graham Coxon, la segunda cara visible con lentes de pasta de Blur, la música incluye sus canciones originales y una variedad de artistas que van desde Fleetwood Mac hasta SOKO, MazzyStar, Shuggie Otis, The Black Angels, Buzzcocks, o Hank Williams. La selección de folk-rock con aires sesentosos funciona muy bien a la hora de generar ambientes dramáticos, y luego, pasar rápidamente a una ligereza digna de lo británico, de lo psiquiátrico y de lo sardónico.

Un final muy Hemingway o, quizá, una segunda temporada…

No es por lo que se dice, sino por lo que se calla, que el final de la serie evoca el estilo a lo Hemingway. Con un final silenciado y sin más capítulos de la novela gráfica de Forsman para inspirar la segunda parte de la historia, es posible que sea la oportunidad de Charlie Covell (la guionista) y de Jonathan Entwistle y Lucy Tcherniak (los directores) de explorar su imaginación con el futuro de Alyssa y James.

En los esquemas de las historias hemingweanas los vacíos pueden rellenarse de mil maneras diferentes, y eso es lo que permite el final de The End of the Fucking World. Que, curiosamente, no termina igual que el cómic que la inspiró.

Recordando aquella mano con casi tantas terminaciones como granos tiene un campo de maíz, es que abre el paso una escena muy particular dentro de la serie. Aquella en un restaurant sobre la ruta donde Alyssa le pide una mano a James para acariciar. Aquella donde le da su mano hervida en aceite y ella le dice, con mucha naturalidad: “La rara no”. Aquella donde no fue Alyssa la que le pidió la mano a James, sino que todos aquellos que esperan una segunda temporada, aceptando el cariño adquirido por estos personajes turbios. Pero con siempre con distancia. Lo raro no.

2 comments

  • Silvia Tunel  

    Totalmente recomendable para aquellos que gustan un poco de lo raro, como da a entender muy correctamente este crítico. Saludos

  • El novillo atomico  

    Estos niñatos estan loquisimos. No es para aquellos menores de 18 años, mirad si se contagian.

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