The Post: Streep, Hanks, Spielberg… infalibles

Necesita algo de conocimiento sobre historia estadounidense, pero de cualquier manera The Post: los oscuros secretos del Pentágono es un thriller periodístico efectivo sobre la libertad de prensa

Por Carla Urruti Gull (@CarlaUG)

“Asumí que las mujeres éramos inferiores a los hombres. Que no éramos capaces de dirigir nada que no fuesen nuestras casas o nuestros hijos”, es solo una de las frases de Katharine Graham en The Post, en español Los oscuros secretos del Pentágono.

Toda la película gira alrededor de la decisión de la editora de el Washington Post (obligada a asumir el cargo ante el suicidio de su marido) de publicar o no los documentos que confirmaban las mentiras de cinco gobiernos consecutivos -Truman, Eisenhower, Kennedy, Johnson y Nixon- respecto de la guerra de Vietnam. Es 1971 y el Washington Post acaba de sumarse a la Bolsa de Valores. Publicar los documentos significaría poner en riesgo al diario e incluso enfrentar condenas de prisión.

La película es una oda a la libertad de prensa, a la rigurosidad periodística pero sobre todo al empoderamiento de la mujer. En una época en la que el actual presidente estadounidense, Donald Trump, no teme exponer su lado misógino y su repulsión por el periodismo, el director Steven Spielberg regresa al cine político para darle vida al enredado guion de Liz Hannah y Josh Singer, este último responsable de Spotlight.

La primera media hora de la película resulta un ejercicio difícil para quien está por fuera de la historia norteamericana. Luego de a poco se van armando las piezas de un puzle cada vez más apasionante. Una vez que se entiende la trama, uno ya no puede distraerse.

La narración es impecable, desde la forma en que se tipea en una máquina de escribir, hasta el placer de ver cómo se abre un sobre de papel manila. Todos los planos tienen la belleza del entramado de Spielberg, el compositor John Williams, y el director de fotografía Janusz Kamiński (que trabaja con él desde La lista de Schindler en 1993). Dan ganas de pasar para atrás de la pantalla y volver a disfrutar de los detalles que allí se plasman.

Funciona a la perfección la dupla Meryl Streep-Tom Hanks (el actor en el rol del director de The Washington Post Ben Bradlee), con un vínculo tirante entre quien debe velar por el lado comercial del diario y quien solo vive por y para el periodismo.

Y necesito detenerme a resaltar que no pensé que alguna vez iba a emocionarme de nuevo con Hanks, que representa de pies a cabeza, hasta en su modo de caminar y de mirar, la soberbia de los grandes periodistas, esa altanería de quien tiene el poder de la información en sus manos. El personaje le valió al actor el Globo de Oro.

Con Meryl Streep es difícil ser objetiva. En su rol de Katharine Graham es como estar viéndola a ella misma. Al principio tímida e insegura ante el machismo del ambiente. Su voz es apagada entre la de los empresarios hombres que la rodean. Es un personaje que va creciendo en confianza cuanto más la cuestionan.  El hecho de que sea mujer, en una posición de poder, y de haber llegado a ese puesto a partir de una tragedia, genera el tipo de empatía que te tiene a punto de llorar en cada escena.

No importa cuánto la presionan, no importa todo lo que tiene para perder, ni los cuestionamientos de sus hombres de confianza más cercanos, ni su amiguismo con las esferas más altas de la Casa Blanca, Katharine Graham se juega todo por el honor del diario y por la defensa de la libertad de prensa. Y el vértigo de esa decisión se vive en carne propia durante todo el desenlace de The Post.

Por esta película, Meryl Streep consiguió el Globo de Oro y está nominada al Premio Óscar como Mejor actriz.

Sería injusto dejar de lado el personaje que interpreta Bob Odenkirk (legendario en Breaking Bad como Saul Goodman, tanto que forjó su propia serie: Better Call Saul). Odenkirk se luce como el periodista Ben Bagdikian, pieza fundamental para obtener las más de cuatro mil páginas de documentos del Pentágono. Aunque es la parte más floja de la película.

The Post son dos horas de historia norteamericana, de ver cómo una prensa libre significa trabajar para los gobernados y no para los gobernantes. Y, especialmente, de aceptar que una mujer con oportunidades puede cambiar el rumbo de la historia.

Leave a reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *