“The Room” le devuelve la experiencia colectiva al cine

El sábado pasado el Cine Universitario cerró el año con la proyección de la peor película de la historia. Suena raro, pero no lo es

Por Gastón González Napoli (@GastonGonzalezN)

The Room está de moda y la culpa es de James Franco y Seth Rogen. ¿Qué es The Room? Una de las peores películas de la historia. ¿Por qué está de moda? Ah, porque la condición humana es hermosa e incomprensible. ¿Quiénes son James Franco y Seth Rogen? El amigo de Peter Parker en las primeras tres Spiderman y el policía gordo de Supercool -aunque si te estás preguntando eso, quizá esta no sea tu tipo de nota-. ¿Y por qué hablamos de ella? Porque el sábado pasado, el Cine Universitario cerró el año con la proyección de esta obra y quien esto escribe la fue a ver.

Una de las experiencias más memorables que tuve en una sala de cine, tal vez solo superada por Gravedad en 3D. Pero vamos de a poco.

Como otras películas malas antes que ella, The Room generó un culto a su alrededor, entre gente que vislumbra las buenas intenciones pero no puede dejar de explotar de risa ante las decisiones erróneas o ya disparatadas de dirección, de producción, de actuación y de guion que tomaron sus realizadores. Pasó antes con el director Ed Wood, a quien Tim Burton y Johnny Depp inmortalizaron en los 90 en un filme homónimo; pasa en Uruguay con Acto de violencia en una joven periodista, a la que envuelve un misterio y de la que Emilio Silva está dirigiendo un documental. The Room es una obra cumbre de la bizarreada.

Se estrenó en 2003 y está dirigida, producida, escrita y protagonizada por Tommy Wiseau. Cuenta la historia de Johnny, un empleado de banco a punto de casarse con Lisa, y de fondo es un drama romántico. Lisa ya no está enamorada de Johnny y lo engaña con Mark, su mejor amigo. Digo de fondo, porque el guion defeca sobre todo manual de cómo contar una historia, ya sea en cine o en cualquier medio. No por aventurero ni rompedor sino por las ganas de Wiseau de contar de todo sin tener la menor capacidad para enfocarse ni generar empatía o emoción.

Así hay una escena violenta con un dealer a la que no vuelve a aludirse, aunque el comprador al que le ponen un arma en la cabeza es supuestamente un niño; una señora revela que tiene cáncer de mama y nadie siquiera pestañea al respecto; un actor deja de aparecer pasada la mitad del metraje y lo sustituye otro en el tercer acto, sin ningún comentario, sin ni siquiera darle nombre a este nuevo personaje. Los diálogos son repetitivos, tontos, torpes. La historia de fondo es enrevesada, los personajes mal construidos, dicen cosas contradictorias y varían 180 grados de un segundo al otro; uno pasa de defender a Lisa a calificarla de sociópata en segundos. Pero el guion no está ni cerca de completar los problemas de The Room. Las escenas de sexo son numerosas y derriten el terrajómetro. Uno de los actores, Greg Sestero, que interpreta a Mark, no se saca el jean aunque está teniendo sexo “salvaje” en la escalera porque le daba vergüenza y no supieron resolverlo de otra forma. La decoración del living de la casa del protagonista incluye fotos encuadradas de cucharas. Las actuaciones, salvo, quizá, la del famoso dealer, son peores que las de -y me pongo de pie- “Reencuentro fatal”. A nadie le explicaron el concepto de “elipsis”: en lugar de comenzar las escenas in medias res, como es habitual, The Room muestra cada “hola” y cada “tengo que irme”, por lo que muchas conversaciones parecen en joda.

En fin, que quisieron hacer un drama y al verlo uno se mata de risa. Es mucho más graciosa que la gran mayoría de las comedias.

Y al frente de todo está Wiseau. Un hombre de pelo largo y negro azabache a lo cantante de pop latino, que posee un acento indescifrable, marcado, aunque no se explica por qué en The Room. De hecho, Wiseau siempre dijo ser estadounidense y jamás ha revelado de donde viene (en un documental al respecto, Room Full of Spoons, se asegura que es de origen polaco). Tampoco descubre su verdadera edad: al filmar The Room decía tener veintipocos años, por más que estaba visiblemente en su mediana edad. Luego se descubrió que Wiseau financió la producción de su bolsillo, unos seis millones de dólares, que no se sabe de dónde sacó.

James Franco y Seth Rogen conocían la película y eran fanáticos. No se propusieron filmar nada relativo a ella, y eso que Franco saca un proyecto atrás del otro, hasta que leyeron el libro The Disaster Artist. Allí el actor Greg Sestero y el periodista Tom Bissell cuentan la historia detrás de escenas de The Room, tan demente o más que lo que llegó a la pantalla. Franco y Rogen, que son amigos entre sí y tienen cada uno su productora, se aliaron para adaptar el libro al cine y ya llevan ganada la Concha de Oro en San Sebastián y una nominación al globo de oro a Mejor película – musical o comedia. Si The Room era ya muy popular en las funciones de medianoche en Estados Unidos, que fue como la conocieron Franco y Rogen, el éxito de The Disaster Artist la re catapultó.

Y cerramos el círculo al Cine Universitario. Inspirados por el estreno en Estados Unidos de The Disaster Artist, la proyectaron como evento principal de cierre del año. El sábado había hasta un tipo disfrazado de Wiseau, con los lentes de sol característicos y hasta una pelota de fútbol americano -los personajes juegan un montón en la película, en general sin sentido, en una ocasión vestidos de traje; ¿por qué?, porque sí-. Llevaba el pelo morocho larguísimo como Johnny, al terminar la función se lo ató con una colita, así que eso bien podía no ser parte del disfraz sino su look normal. Los asistentes llevaron cucharas de plástico a granel; cada vez que los cuadros con cucharas aparecían en pantalla alguien gritaba y el resto las arrojaban hacia la pantalla. La sala, poco más de a medio llenar, gritó la frase más conocida de Wiseau, cuando toma prestado un diálogo de James Dean en Rebelde sin causa: “You’re tearing me apart, Lisa!” (“¡me estás destrozando, Lisa!”). Llovían insultos sobre la malévola Lisa y sobre todo comentarios al pasar que acentuaban la comedia, como un grito de “¿y este quién es?” al aparecer el antedicho personaje sin nombre hacia el final del filme.

Habla bien del Cine Universitario. Más que una película, pasar The Room implica una experiencia colectiva. Fue distinto de cualquier otra ida al cine porque no estaba mal hablar, al revés, potenciaba la hilaridad. Porque todo lo que me puedo esperar del cine no se daba en la pantalla, en una mezcla rara que funcionaba en su propia medida inimitable. “Ayer pasamos It’s a Wonderful Life de Frank Capra, hoy The Room“, dijo entre risas el organizador antes de comenzar la proyección. “Ese eclecticismo es algo que buscamos para el futuro”. Está buenísimo que eso se dé en Montevideo.

Foto: Cine Universitario

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