Tres anuncios por un crimen: Frances McDormand y diez más

Una de las favoritas al óscar, Tres anuncios por un crimen es una “comedia” negra como el alquitrán y con tan poco interés por la corrección política que acaba por quedar algo confusa

Por Gastón González Napoli (@GastonGonzalezN)

Puntaje: 8

Aparte de un papel muy breve en la última de los hermanos Coen, ¡Ave, César!, Frances McDormand hacía rato que no engalanaba la gran pantalla. Quizá desde Quémese después de leerse, de 2008, que no tenía mucho peso en los proyectos en que participaba. Si algo hay que festejarle al director-guionista Martin McDonagh es que la haya seleccionado a ella para el rol principal de su última película, Tres anuncios por un crimen. Desde Fargo que McDormand no tenía un papel tan memorable.

La película en sí se merece menos festejos. No es que sea mala, para nada, sí da lugar para controversias y discusiones culturales, que hablan de que a McDonagh no le cayeron todas las fichas en su lugar.

Antes, la trama. Revuelve alrededor de Mildred Hayes (McDormand). Su hija Angela fue violada y asesinada en su pueblo de Ebbing, Misuri. Harta de que pasen meses sin un arresto en el caso, Mildred contrata tres carteles publicitarios abandonados en una carretera por la que ya nadie pasa. Allí escribe un mensaje para increpar al jefe de Policía (Woody Harrelson). Poco le importa que el jefe se esté muriendo de cáncer. Mildred quiere reactivar el caso y despertar a una Policía torpe y vaga, personificada en el racista, violento, ignorante y borracho oficial Dixon (Sam Rockwell).

Pero Tres anuncios por un crimen no es un policial. El caso está de fondo. No hay investigación. Lo que importa es la violencia que se oculta tras la apariencia pacífica de Ebbing. Que McDonagh extrae con un humor negro denso, chispeante, rompedor, sin miedo de meterse con la Iglesia o el racismo, o de que chorree sangre -literalmente-, con tal de sacar una risa. Muchas veces, una risa incómoda. Es la especialidad de McDonagh, que en su ópera prima en cine, Escondidos en Brujas, hacía girar la historia en torno al homicidio de un niño. En su obra anterior, Siete psicópatas, McDonagh exploró los límites y subvirtió el cine violento tarantinesco; buscó la propia ruptura de las reglas de contar historias.

McDonagh viene del teatro y tiene una pluma ácida con inclinación por el diálogo rápido y elaborado. Aunque no le vendría mal trabajar con un co-guionista para a pulir y bajar a tierra sus ideas. En Tres anuncios por un crimen, eso habría incluido chequear su visión de las dinámicas raciales en el sur estadounidense, que sobrevuelan el guion (“Si echara a todos los policías racistas, me quedarían tres y todos probablemente odiarían a los putos”, explica el jefe de Policía de Woody Harrelson). Queda poco claro si Tres anuncios por un crimen pretende redimir al oficial Dixon o si no quiere mostrar un ideal de justicia que es eso, ideal. Y no demasiado habitual de este lado de la pantalla del cine. No siempre los malos son castigados, e incluso los más malos a veces hacen algo bueno. No por eso dejan de ser malos.

Si el guion trastabilla, no lo hacen las actuaciones. McDormand pone su rostro pétreo, todo lo lejos que puede de la policía Marge Gunderson de Fargo; cuando permite que una sonrisa pase de largo, por algo es. Mildred es un torrente de furia y despecho, que no es ni muy simpática ni muy querible. Gracias a McDormand, sí que es empática. Y muy graciosa. McDormand tiene práctica en darle vida al humor negrísimo de los Coen; aquí canaliza la versión británica (que el director McDonagh será irlandés, pero se crió en Londres) con idéntica destreza. El director corrige con ella su falta de personajes femeninos, cosa a la que refirió en un meta-comentario en Siete psicópatas, dirigido no solo a su filmografía propia sino a la de tantos otros obreros del cine de acción y del de comicidad oscura.

Del otro lado están los policías de Harrelson y Rockwell. Este último es la mayor herramienta humorística de Tres anuncios por un crimen. Al mismo tiempo, es su comodín peligroso. Rockwell ya había trabajado como el mismo tipo de papel (la bomba de tiempo) en la película previa del director. Ahí no erra ni una nota y acá tampoco. Es un secreto hollywoodense bien guardado. Su Dixon es tan detestable como tristemente patético. El jefe Willoughby de Harrelson es bondadoso, el actor le imbuye calidez con dolor subyacente. Hasta saca adelante unas voces en off bastante pesadas, quizá la flaqueza mayor de McDonagh como guionista. Para Harrelson, el día y la noche en comparación con el rol violento que jugó en Siete psicópatas (o el año pasado en El planeta de los simios: la guerra).

Los tres, McDormand, Harrelson y Rockwell, están nominados al óscar. Lo mismo McDonagh, como Mejor guion original. Debería estarlo mejor como director, por el ojo para elegir y exprimir al elenco. También destacan Peter Dinklage, el Tyrion Lannister de Game of Thrones; Sandy Martin como la madre del oficial Dixon, y Kerry Condon como la tonta Pamela. Ni hay que olvidar la fotografía, con más de una pincelada de alto vuelo, en particular alguna toma larga y varias iluminadas por el fuego. O el trabajo de arte, que sin disfraces complicados ni nada que llame tanto la atención, consigue imágenes indelebles como esos carteles rojos en la mitad de la nada. Tampoco da para criticar tanto al guion de McDonagh: en los detalles, donde se dice que está el diablo, es donde más ajustado está.

Leave a reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *