Vincent Vega celebra diez años de carrera en la Hugo Balzo

El festejo es esta noche, y el guitarrista Matías González Marichal hace un breve repaso de la trayectoria de la banda y de la experiencia de grabar su último disco con financiamiento colaborativo


A la izquierda Mauricio Sepúlveda y a la derecha Matías González Marichal. Foto tomada del Facebook de Vincent Vega. Crédito: Santiago Delgado

Por Gastón González Napoli

El primer disco de Vincent Vega solo está en YouTube. Lo tienen un poco relegado.

Y sí, no todo resiste la prueba del tiempo. Es un disco que compusimos con 18, 19 años. Fue hace más de diez años ya.

¿Por qué no aguanta el paso del tiempo?

Por una cuestión de madurez, de que es difícil ponerte en el lugar del sujeto que está cantando la canción, que ya no habla de lo que es tu vida. La identificación, el desarraigo de lo que cantaste en un momento anterior. Nos fueron saliendo canciones más tirando al rock o al blues, nos pedían un poco más de nervio, y si bien siempre pueden llegar a sostenerse en un formato acústico, no desplegan todo su potencial como lo pueden hacer en formato banda.

¿Están en plan nostálgico en estos días?

Un poco sí. El primer disco hacía tiempo no lo escuchaba. Lo bueno de este concierto es que nos puso en contacto con algunas canciones viejas que hacía tiempo no visitábamos. La idea es rendir un cacho de tributo a ese tránsito. Había canciones que nunca las había escuchado con potencial para banda y decidimos agregarlas a la lista. Nos llevó a reescribirlas, a llevarlas a otro lugar rítmico o de intensidad. Rescatamos tres o cuatro canciones totalmente inesperadas. Integra una sensibilidad previa con lo de ahora y quedó bien. El concierto va a ser eso: desenterrar un par de muertos, tratar de leerlo bajo una óptica actual.

¿Cómo viste cambiar la escena en estos diez años?

Muchísimo. Nosotros venimos de una escena acústica, fueron un par de años entre 2008 y 2011, que había una movida folk que evidentemente se disgregó. Franny Glass, la primera etapa de Carmen Sandiego, Lucas Meyer, lo primero de él, Matías Paparamborda, estaba Diego Rebella… Había un par de boliches, el Living, La Ronda, en Cheesecake se hacían toques también. Y eso se desinfló. Muchos proyectos mutaron o dejaron de funcionar.

¿Por qué te parece que pasó eso? Casi todos es proyectos evolucionaron a algo en banda.

No te podría hablar de los procesos de los demás, pero sí que el formato de dos guitarras es muy limitado, un canal expresivo re acotado. Yo personalmente no soy especialmente dotado, o sea que por una cuestión natural en un momento me compré una guitarra eléctrica buena, me compré un par de pedales, empecé a encontrar un sonido eléctrico mucho más rico, con mucho más potencial de lo que me podía dar la acústica. La sigo tocando, me encanta, dos por tres puedo escribir una canción con una guitarra acústica, pero no es algo a lo que me quiera limitar. A Mauri [Sepúlveda, co-líder y principal compositor de Vincent Vega] le pasó lo mismo. Siempre tocó muy bien, siempre le gustó el rocanrol, y la guitarra acústica se siente de tránsito, de momento. Después él incursionó con la trompeta, ahora está tocando el trombón. La acústica fue de la juventud, más de fogón. No como Onda Vaga, si no como Simon and Garfunkel. No hippie. Es muy difícil hacer una carrera basado en una guitarra acústica… a no ser que seas Paco de Lucía.

¿Qué momento de estos diez años encontrás como clave?

Para nosotros los momentos clave son los discos. Organizan universos propios. Es todo un aparato que se pone en marcha, primero para escribir las canciones, después cuando tenés la voluntad de hacer el disco entrás en la fase de ensayo y ensamble y son verdaderas máquinas que se ponen a funcionar. Mediría la vida de la banda en los discos. Es el cliché, pero es la realidad.

Los tres discos, Vincent Vega de 2009, El gran galgo de 2014 y Maquinaire de 2017, son distintos.

Ninguno es comparable con el otro. En el primero éramos dos pibes re chicos, de 19, 20 años, no teníamos el disco pronto y dijimos “vamos a grabar”. Empezamos a ir a lo de [el músico y productor] “Guile” Berta, teníamos cinco, seis temas. Lo terminamos de armar ahí. Para el otro, grabamos con Lea Machín [de Las Cobras], otro amigo. Nos conseguimos unos sets de micro de batería y nos fuimos al campo; en un fin de semana grabamos todas las bases y después durante un año grabamos overdubs, solos de guitarra, arreglos, muchas voces. Fue una cosa medio desprolija, de atar cabos. Para el último ya quisimos ir a un estudio, grabar todos tocando en vivo a la vez. Lo liquidamos en cuatro sesiones, para nosotros era impensable un par de años antes. Nos agarró más maduros, con una disposición mayor a planificar, a no ir tan jugados al momento, de estar ahí y tirar fruta, sino ir con una estrategia. Cada momento se configura como un ejercicio, de probar hacer algo nuevo.

¿Ningún show en particular fue clave?

Fechas grandes. Hicimos la Vaz Ferreira, en la Camacuá tocamos un par de veces. Para una banda under es romper el círculo hippie de no saber qué te vas a encontrar en un show en vivo. A veces vas a tocar en un boliche y en vez de haber cuatro o cinco monitores hay uno, y tenés que ver: “Cómo tocamos con un monitor solo, no nos vamos a escuchar un carajo”. A veces no hay una jirafa. Y ahora tenemos una fecha en la que tenés que pensar en los más mínimos detalles.

 

Yendo a Maquinaire: en una entrevista con Montevideo Portal comentabas que era un poco contradictorio grabar discos cuando vos desde hace años no comprabas. Sin embargo yo también hace años no compro tantos discos y escucho más música que nunca. No creo que el disco haya perdido validez.

La versión física perdió validez. Yo discos compro, pero no en el acto ritual de ir a una disquería. Si voy a un concierto de una banda amiga y está el disco, lo compro. Tengo una colección de música nacional e independiente en casa. Pero muy raramente lo pongo en la compactera. Ni siquiera tengo un equipo de audio para eso, tengo una computadora. Los pongo en YouTube o en Bandcamp, que se puede comprimir en una calidad muy superior a la de un CD. Soy muy apegado, lo de escuchar temas sueltos me gusta pero en una cuestión más funcional, si estoy trabajando, ponele. Pero me sigue gustando poner un disco entero. Me copa escuchar toda la narrativa que se desplega en un disco. Es un mundo entero que se abre. Se puede leer. Editar el disco es eso, rendirle tributo a esa afición. Yo me crié así. Además, a veces te criás con un modelo y lo pensás acríticamente; no es el caso. Estoy convencido intelectualmente de que es una buena forma de consumir música. El tema suelto es sacar música como si fuera chorizo. Se pierde entre todo el ruido de información.

Maquinaire tiene algo de rockola, pasa por varios estilos.

Un razonamiento al que llegué es que el disco es abierto en el género pero cerrado desde el timbre. Sonoramente es una unidad. Desde el género no, abarca distintos ritmos y cadencias. Hay vals, hay blues, hay una chacarera medio bizarra. Hay rocanrol. Hay un tema con una llevada medio gitana. Habla de la variedad musical de Mauricio, que es el compositor. Es un tipo sumamente curioso, que bebe de varios lugares. En la banda supimos bastante bien interpretar lo que Mauricio trajo y encontrarle la vuelta rítmica, que no es una cosa fácil.

¿Mauricio trae las canciones y las laburan entre todos?

En este disco las laburamos entre todos. Mauricio pegó un viaje de unos seis meses con El Cuarteto del Amor, que fueron a Europa, y ahí estuvimos en colaboración. Tocaba Leandro Mangado [bajista, hoy con los Supersónicos] y Emiliano Pérez [baterista, hoy con Alfonsina y AFC] en esa época. Pero la banda la sosteníamos Mauricio y yo porque estaba inactiva. Él me pasaba las canciones, tomas que él hacía, estaba sentado en la playa en Portugal. La guitarra medio desafinada, pero las ideas básicas. Y ahí con Leandro y Emiliano dos por tres nos juntamos, bajamos esas cosas a tierra. Mauri también a veces mandaba notas con los temas, “este me parece que es un funk”, mandaba algún corte con batería hecha con las manos.

 

¿Vientos habían incluido ya ustedes?

Nunca. Te decía que Mauri se había colgado con la trompeta antes de grabar. Se puso en pareja con Inés Agosto, que es saxofonista, y ella grabó en el disco un par de solos. Es increíble, además es una crack. Y los metales y los bronces tienen algo que no tienen ningún otro instrumento, aportan un sabor único, con el swing. A la vez, en Uruguay, para los que nos gusta el rocanrol es difícil encontrar… Mirá que el saxo en el rock es clásico, los Stones con Bobby Keys, pero acá los vientos fueron directamente a eso medio terraja del rock latino. A nosotros nos pasa, soy amigo de Leo Lagos, vivimos juntos un año, y no le metés en la cabeza que se puede hacer algo bueno, ¡y es un tipo que le gusta el rocanrol! “Es una mierda, saquen eso”.

Como Roberto Hammond.

¡Él es Roberto Hammond! [se ríe] Nos sacamos esa tara. Yo no sé tocar un instrumento de viento, pero es lindo, un timbre re festivo y a la vez instrumentos capaces de lograr una tristeza increíble. Un solo de trompeta en una escala menor es una cosa muy triste de escuchar. Como un gemido. Los metimos en los temas de Vincent Vega y funcionaron. En la Balzo van a tocar las Ellas, el cuarteto de saxofones.

En la entrevista que publicamos en MOOG en 2014, vos comentabas que tenías ganas de sacar el disco siguiente en 2015. Maquinaire salió en 2017. ¿Qué lo demoró? ¿El presupuesto?

Sí, las canciones ya las teníamos bastante delineadas; de hecho cuando presentamos El gran galgo ya tocamos como cinco o seis canciones nuevas. Pero terminar el disco a nivel interno de la banda nos llevó un poco más de lo que pensamos, porque había canciones que no estaban pulidas o logradas como queríamos. Empezamos a frecuentar a Juan Chapital, se conocieron con Mauri, pegaron buena onda, tocó con nosotros en la Vaz Ferreira. Y se copó con la banda, siempre nos decía “el próximo disco se los va a producir el tío Chapa”. Un día nos juntamos, lo charlamos y decidimos incluirlo en el proceso. Él aportó cosas novedosas, viene de afuera, tiene su propia idea de lo que es la banda, y de ahí hubo que encontrar compatibilidades donde hay diferencias. Se estiró todo un poco más. Para grabarlo no teníamos un mango, hicimos una campaña de crowdfunding, fuimos juntando todo literalmente peso a peso. Por suerte encontramos un estudio, Overhead, que, es justo decirlo, pudimos financiar nuestra deuda con ellos… me estoy dando cuenta de lo generosos que fueron. No lo hicieron gratis, les pagamos, pero nos bancaron.

Esas eran dos preguntas que quería hacerte. Primero, qué le había aportado Chapital al disco…

Es un loco que tiene tremenda sabiduría musical. Además de recontra dotado técnicamente, tiene un oído tremendo. Y tenemos una base común de gustos. A él le gustan mucho los Beatles, a nosotros también. Se copó con la onda, que le diéramos atención al canto. Y como guitarrista le gustó algunas cosas que habíamos insinuado en El gran galgo, una guitarra tirando a surf, un sonido tirando a grande de amplitud, con reverb y un delay medio cortito. Él sugirió que esos rasgos mostrados en forma incipiente, insistir con eso. Lo que asoma como personalidad, moldearlo para que sea una cosa propia. Yo rescato esa enseñanza de él. Y después, conoció las canciones y por supuesto algunas tenían imperfecciones o cosas a desarrollar, que él ahí fue muy importante. Aportó ideas impensables. Tiene una cuestión con la ecología sonora, que nosotros a veces no entendíamos que la música tiene que respirar. Uno viene con la idea de que siempre hay que estar tocando, y no es necesariamente así. A veces para que una voz emerja tiene que haber un espacio que la habilite. Es interesante trabajar con un productor, te saca del egocentrismo.

La otra pregunta es el tema del crowdfunding. ¿Cómo evaluás ese camino?

Es realmente cansador. Son 30 o 40 días, según lo que pongas de plazo, en los que si no estás con una actitud intensa no llegás a la plata. Nosotros estuvimos bastante cerca, no llegamos a todo lo que necesitábamos. Tenés que estar agitando a todos tus conocidos, a todos tus amigos, yendo a tocar afuera… Yo ya tenía una experiencia por Franny Glass [donde también toca]: el disco Planes, de 2014, lo financiamos así. Entonces había viento en la camiseta, más o menos había visto cómo funcionaba. Sin eso no hubiera sido posible, es un viaje. La gente se la juega. Te da plata de su bolsillo para que hagas tu arte, es medio delirante si te ponés a pensarlo. Es simplemente una promesa de que vas a hacer algo, que capaz que es una mierda, capaz que a nadie le gusta. Sin embargo, la gente se copa. Es maravilloso.

¿No fue siempre así eso? Comprabas un disco sin saber si iba a estar bueno o no.

Pero ya estaba, no había una promesa de que iba a haber algo. Capaz que ponés plata para un crowdfunding y la banda se separa. Pueden pasar miles de cosas que hagan que la plata que metiste se pierda. Necesitábamos 120.000 en el presupuesto y llegamos a 102.000 pesos… Bastante bien. Tenemos un par de deudas que vamos saneando muy de a poco, porque todo lo que nos entra lo reinvertimos en los shows, en hacer más ediciones físicas.

Un show como este en la Balzo tiene su presupuesto…

Para una banda under la incorporación de gente al equipo tiene su aprendizaje, nosotros muchos años tocamos sin sonidista, y una fecha así no podés. No podés encararla sin iluminador, tenés que llevar un stage que te dé una mano en el escenario. Parecen obviedades pero no lo son. Y todo hace que el presupuesto se infle. Un agente de prensa: a veces acá pecamos de under, a veces decís por qué nadie nos da bola, ¡y porque no tenés agente de prensa, boludo!

Hacerlo a huevo tiene sus límites.

O sea, siempre es a huevo. Pero no podés estar en todo. Cuanto más desatendés la música, más mierda de música hacés. A medida que me voy haciendo más viejo me preocupa más respetar al público. Darle una cosa que esté bien. No que vayan a un toque y suene todo para el orto, que se rompa algo durante el concierto. Y también con la música: ensayar mucho, ajustar los detalles, pulir la cosa. Que sea una obra lograda, no una botella al mar, un pedo que te estás tirando. Una fecha como esta pone en juego todo esto, y hace que sea re apasionante. De última, son las canciones que hacés en tu casa. No tienen una necesidad de existir, es un gran capricho que uno está haciendo. Es un privilegio increíble.

Leave a reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *