Yo soy Tonya: quién diría que el patinaje sobre hielo sería tan divertido

Las actuaciones de Margot Robbie y Allison Janney no son el único destaque de una película basada en hechos casi surrealistas


Foto: sitio oficial de Yo soy Tonya

Por Gastón González Napoli

Cómo les gusta a los yanquis hacer películas que simbolicen y satiricen su tan mentada América. Casi tanto como les gusta hacer de las otras, en las que son los héroes máximos imbatibles del mundo. Eso es Yo soy Tonya: no la historia de una patinadora sobre hielo y el escándalo que le cortó la carrera, sino el ascenso y caída de una persona que sintetiza lo mejor (el espíritu optimista, el ascenso social de una persona humilde) y lo peor (la fiebre por la fama y atención, una educación pobre, el moldearse a sí misma para ajustarse a estándares sociales rígidos) de Estados Unidos.

El hilo conductor quizá no sea tan conocido por estos lares. Allá hizo el cruce de evento deportivo a evento de cultura popular. Tonya Harding, una mujer de extracción de clase media baja, padre ausente, madre abusiva y joven marido golpeador, trepa a la cima de un deporte elitista, que busca princesitas y familias americanas íntegras, fotogénicas; las antípodas de su vida. Pero no es eso lo que la hizo verdaderamente famosa. Fue que en la carrera hacia las Olimpíadas de Invierno de 1994 su marido orquestó un ataque contra la principal competidora de Harding, Nancy Kerrigan, a la que casi le rompen una rodilla. No es espóiler porque es histórico, y además porque está en el propio tráiler. El escándalo televisivo engulló a Harding. La convirtió en uno de esos íconos rotos tan estadounidenses como el Tío Sam.

Yo soy Tonya narra la historia con vivacidad, humor negro y mucho rock. La australiana Margot Robbie encarna a Harding; es mucho más alta que la patinadora y bastante más linda en el sentido clásico, pero su actuación desprovista de glamour lo maquilla. Robbie, de 27 años, se consolida a tan solo cinco de que saltara a la luz con El lobo de Wall Street. Es graciosa y trágica y enérgica. El complemento ideal para el retrato bobo-bueno/bobo-violento de su marido que hace Sebastian Stan (el Soldado del Invierno de Marvel). Y para el trabajo de Allison Janney como la madre de Harding, LaVona. Trabajo furioso, ridículo y descorazonador que le valió a Janney un óscar a principios de mes.

La palabra clave es “ridículo”. Si fuera un guion original, no podría creerse. El guionista Steven Rogers realizó entrevistas con los protagonistas del suceso y se basó en ellas. Los actores reproducen las entrevistas y hablan mucho a cámara, una ruptura en añicos del cuarto muro. Por suerte al terminar la película muestran fragmentos de algunas de las conversaciones originales: prueban que los aspectos más estúpidos de la película sucedieron palabra por palabra. Y por suerte el director Craig Gillespie (de Lars y la chica real y la remake de Noche de miedo) dota a la historia de una velocidad casi de videoclip que compensa ese recurso del guion. En otras manos podría haberse vuelto lento.

Del otro lado del mostrador, Yo Soy Tonya a veces parece tomar mucho de otra película reciente basada en hechos reales, La gran apuesta (The Big Short, 2015). De la que Robbie también participó, aunque en un rol ínfimo, explicando un dato financiero complicado mientras toma champán adentro de una bañera espumosa. Cosas como mirar a cámara y decir: “Esto sucedió así en serio”. Como prima hermana de La gran apuesta es más que digna, aunque le resta algo de originalidad.

La trama es demasiado fuerte, el guion lo bastante divertido y la dirección lo suficientemente estilizada como para pasar por alto esos contratiempos. Lo que despega a la película son esos momentos en que juegan con el subtexto -o ya directamente el texto- de que Tonya Harding representa a Estados Unidos. Es como Maradona para Argentina. Hasta los emparenta el año 1994. Cuando la protagonista mira la tele y ve el comienzo del caso contra el jugador de fútbol americano y actor O.J. Simpson, se entiende que es solo una perla en un collar extenso. Estados Unidos -de nuevo, como Argentina- es una máquina de crear famosos y masticarlos. Por lo menos son conscientes de eso.

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